R. Díaz Maderuelo - J. M. García Campillo - C. G. Wagner - L. A. Ruiz Cabrero - V. Peña Romo - P. González Gutiérrez

Estrategias reproductivas

Por estrategias reproductivas se entienden todas aquellas actividades y conductas cultural y socialmente pautadas que influyen de forma directa o indirecta en una regulación del crecimiento de la población. Normalmente están al servicio de las prácticas propias de un modo de reproducción determinado, justificándolas, legitimándolas u ocultándolas, por medio de sanciones y procedimientos ideológico-religiosos, filosóficos, jurídicos, médicos o consuetudinarios de gran poder normativo.

1) Prácticas que afectan indirectamente a la fecundidad:

Sexualidad no reproductiva.
Celibato.
Edad por sexos del matrimonio.
Situación jurídica y social de los hijos extramatrimoniales.


2) Prácticas que afectan directamente a la fecundidad mediante el control de la natalidad:

Diversas formas y métodos de contracepción.
Tabúes postmaritales.
Espaciamiento de la frecuencia de los coitos.
Prolongación de la lactancia (asociada a dietas ricas en proteinas y escasas en grasas e hidratos de carebono)


3) Prácticas que afectan directamente a la demografía mediante el control de la mortalidad:
Aborto.
Infanticidio:
- Sistemático/esporádico.
- Manifiesto/encubierto.
- Selectivo/generalizado.
Guerra.
Prácticas magico/religiosas desviantes.

Por todo ello, será sumamente importante el esclarecimiento de las pautas conductuales que, reforzadas por medios religiosos, filosóficos, jurídicos, médicos o de costumbre, hacen posible la ocultación de los objetivos de las prácticas comprendidas en los epígrafes anteriores. Por otra parte, en una sociedad determinada, suele darse una determinada combinación de varias de ellas, que puede cambiar según los sectores y grupos sociales, y que está motivada por las presiones demográficas y las tensiones reproductivas a que son sometidos. Así, podremos encontrar, por ejemplo, una gran profusión de prácticas sexuales no reproductivas, combinada con ciertas formas de celibato, uso esporádico de contraceptivos y abandono preferencial de niñas, como ocurría en algunos lugares de la Grecía clásica.

Llama poderosamente la atención, la universalidad del infanticidio, en sus diversas variantes, y del abandono de niños (que no es sino una forma de infanticidio inconcluso), lo que supone una no muy elevada efectividad de las diversas prácticas contraceptivas, ya que finalmente las mujeres concebían hijos no deseados, y el hecho de que sean preferidos frente al aborto, ya que, actuando sobre un neonato o un niño de corta edad, no se pone en peligro la vida de la madre.

Especial interés merece, además, la definición que cada sociedad realiza de “muerte natural”, “enfermedad infantil”, “dolencias propias de los recién nacidos” así como el conjunto de atenciones que requieren los niños, a menudo muy diferentes según el sexo, y las mujeres gestantes, ya que pueden ocultar prácticas inconscientes, pero efectivas, que incrementan la mortalidad.


Factores que afectan a la reproducción

Patricia González Gutiérrez

La reproducción humana es un asunto complejo, y ya sin causas ajenas, se estima que aproximadamente la mitad de las concepciones acaban en abortos espontáneos (muchos de ellos tempranos) y que de esos abortos la mitad al menos están causados por presentar el feto anomalías cromosómicas importantes (LANGMAN, 2004). Eso sin contar el número de parejas que no pueden tener hijos por la esterilidad de uno u otro miembro.

Se suelen tratar, y no haremos esta vez una excepción, más detalladamente los factores que afectan a la reproducción y que se refieren a la mujer, ya que aunque muchos de esos factores afectan también a los hombres o que haya algunos que les atañan en exclusiva, no afectan tanto a la comunidad, ya que un solo varón tiene la capacidad teórica de dejar embarazadas a muchas mujeres. Así la incidencia de dichos factores en la comunidad es, en teoría de nuevo, mucho menor.

Las mujeres jóvenes también tienen más tendencia a tener abortos espontáneos o a suprimir temporalmente su fertilidad que las más viejas, que se acercan a la menopausia, las cuales tenderán a no rechazar ningún cigoto. Algunos expertos han relacionado esto con la mayor incidencia de nacimientos de niños con síndrome de Down o problemas graves en mujeres de edad avanzada, minimizando que a esas edades haya una mayor tendencia a las alteraciones cromosómicas (COLMENARES, 1996).

Algunos fetos con anomalías cromosómicas sobrevivirán pues en el caso de las mujeres menos jóvenes, pero difícilmente el bebé sería aceptado en muchas sociedades antiguas, cuyas leyes establecían que los bebés monstruosos, deformes o débiles no debían ser criados y se consideraban un aviso del enfado de los dioses con la comunidad.

La edad considerada ideal actualmente en la mujer para tener hijos es la comprendida entre los 18 y los 35. A edades más tempranas aumenta el riesgo tanto para la madre como para el hijo y a edades mayores aumenta mucho la probabilidad de que los fetos tengan mutaciones por las razones ya explicadas. Pero debemos tener en cuenta que la esperanza de vida en la Antigüedad no era la misma que la actual y tampoco las condiciones en las que llegaban las mujeres a ciertas edades.

Podemos citar como alteraciones cromosómicas más frecuentes la trisomía 21 (síndrome de Down) que afecta a uno de cada 2.000 nacidos en mujeres jóvenes (aumentando el riesgo con la edad), la trisomía 18, que afecta a uno de cada 5.000 recién nacidos (aunque los bebés afectados suelen morir antes de los dos meses), la trisomía 13 que afecta a uno de cada 20.000 nacidos y que causa labio leporino, sordera, fisura del paladar y defectos cardiacos.

Otras que también debemos citar por su importancia respecto a este tema son el síndrome de Klinefelteer, y el de Turner. El síndrome de Klinefelteer tiene una incidencia de uno entre cada 500 varones, y que no presenta síntomas visibles hasta la pubertad, etapa en la que causa esterilidad, atrofia testicular y ginecomastia (mamas agrandadas). El síndrome de Turner es la única monosomía compatible con la vida, y aun así pocos son los individuos que sobreviven. Los afectados por él tienen un aspecto femenino pero no tienen ovarios. Las características sexuales secundarias de las afectadas por este síndrome no se desarrollan en un 90 % de los casos (MOORE y PERSAUD, 2004).

En otros casos un fallo en la etapa de determinación del sexo puede dar como resultado hermafroditas verdaderos, que tienen tejido testicular y ovárico (suelen tener más aspecto de mujer) o pseudohermafroditas, cuyo sexo genotípico está oculto por el aspecto fenotípico. Algunos de estos bebés fueron criados en Grecia y Roma hasta llegar a la edad adulta. A falta de un tercer género que si tienen otras culturas, adscribían a estos individuos al género que determinaban que predominaba. Aun así no estaban muy bien vistos por la sociedad, y se documentan en Roma muchas ejecuciones de andróginos. Algunas ejecuciones corresponden a niños de 10 o 12 años, con lo que se supone que serían criados en algunas ocasiones pero que su existencia sería denunciada en épocas graves (MONTERO, 1991).

Los factores ambientales influyen poderosamente en la reproducción. Una hambruna puede reducir el número de nacimientos hasta en un cincuenta por ciento y la pérdida de peso de la mujer de tan solo un 10-15% puede retrasar la menarquia. Así mismo una mala alimentación de la madre provocará mayor número de abortos, el nacimiento de niños de bajo peso, una peor calidad de la leche y mayores riesgos durante el embarazo, el parto y el posparto (HARRIS, 2003).

La alimentación escasa puede prolongar la amenorrea posparto, evitando nuevos embarazos. Además una deficiente alimentación durante la infancia produce raquitismo, que provoca un mal desarrollo óseo, causando que las caderas de las mujeres sean demasiado estrechas o presenten malformaciones que hacen que los partos sean largos y difíciles, lo que disminuye las probabilidades de supervivencia del neonato (BIDEAU, DESJARDINS, y PEREZ BRIGNOLI, 1997). Estos partos largos y difíciles pueden provocar desgarros y colapso de órganos en los bebés, así como daños irreparables en la madre (caderas, útero) que condicionan futuros partos.

Aunque en condiciones normales las niñas parecen resistir mejor los efectos del hambre y de las enfermedades también es cierto que a la mujer tendía a ser peor alimentada que el hombre, ya que se primaba la supervivencia de éste. La mala alimentación durante la primera adolescencia puede provocar también un daño permanente en la hipófisis, lo cual provoca un infantilismo sexual (HUFFMAN, 1971). La esterilidad también se asocia a la desnutrición.

No solo la alimentación escasa es perjudicial para el feto, sino también una alimentación desequilibrada, algo bastante frecuente en la Antigüedad, incluso en épocas de buenas cosechas, afectando a todas las clases sociales, aunque evidentemente más a los más humuldes. Hay estudios que relacionan la hipovitaminosis (vitaminas A, C, D, E y algunas del grupo B), así como las deficiencias en la ingesta de hierro, calcio o cobre con abortos o alteraciones del feto. Altos niveles de fenilalanina (más de 20 mg./dl.) causan en un 75-90 % retrasos mentales o microcefalia (CASTILLO et al., 2002).

La falta de yodo o calcio en la dieta de la embarazada también puede causar partos prematuros (así como el exceso de trabajo de la madre o que tenga problemas respiratorios, circulatorios o enfermedades crónicas), que restan posibilidades a la supervivencia del feto. Los bebés prematuros pueden tener grandes problemas por su falta de madurez al nacer, como deficiencias en el sistema nervioso, crecimiento anormal de los huesos, problemas sanguíneos o deficiencias en el sistema regulador de la temperatura, teniendo así más riesgo de hipotermias (BIDEAU, DESJARDINS, y PEREZ BRIGNOLI, 1997). La prematuridad ha sido siempre la principal causa de muerte en el primer mes de vida de un bebé.

En el caso de sobrevivir el bebé prematuro, tiene grandes posibilidades de sufrir complicaciones o problemas permanentes, como ceguera, hemiplejia o deficiencias mentales. También tienen muchos problemas respiratorios, pudiendo tener apneas, lo que explica por que creían que el alma podía entrar y salir del bebé en los primeros días, dejándose una tregua al neonato muerto por si resucitaba.

Ya en Grecia y Roma se daban cuenta de la debilidad de estos niños prematuros, y Cicerón escribe en una de sus cartas que Tulia había parido a un niño sietemesino, alegrándose de que el parto fuera bien, pero lamentando que el niño fuera demasiado débil como para sobrevivir. Se consideraba que ningún niño nacido antes de los siete meses sería capaz de sobrevivir, así que el bebé de Tulia estaba en el último límite en que se podía conservar una esperanza. Hay que añadir que el caso contrario, la obesidad, también resulta pernicioso para el feto, ya que la obesidad de la madre aumenta de dos a tres veces el riesgo de que el niño tenga defectos en el tubo neuronal.

También otros factores van unidos al hambre o la mala alimentación. Por ejemplo la incidencia de las epidemias será mucho mayor en una población malnutrida. Más aun cuando los sectores más afectados por el hambre suelen ser los más débiles, como las mujeres y los niños.

Hay que tener en cuenta que aunque la madre sobreviva a la enfermedad las temperaturas altas (fiebre) afectan al feto. Baños a altas temperaturas u otros factores que puedan elevar la temperatura corporal de la madre también le afectaran. Así mismo algunas enfermedades provocan una alta tasa de abortos. El hipertiroidismo y el hipotiroidismo causan aproximadamente un cincuenta por ciento de abortos. La diabetes también afecta al feto, causando un 20 % de abortos más o menos y entre el 6% y el 12% de malformaciones en el feto (CASTILLO et al., 2002).

Otras enfermedades pueden causar una infertilidad permanente en la mujer, como las enfermedades inflamatorias pelvianas, que pueden obstruir las trompas uterinas. Las enfermedades autoinmunes pueden causar así mismo el rechazo del feto. También enfermedades como la rubéola, infecciones por citomegalovirus, la varicela, la toxoplasmosis o la sífilis pueden causar defectos en el feto.

También pueden retrasar el desarrollo físico, y por tanto también el sexual, como por ejemplo la tuberculosis, las enfermedades cardiacas y pulmonares congénitas, ciertos trastornos de los riñones y el hígado, la diarrea crónica o algunos trastornos endocrinos (HUFFMAN, 1971). Algunas enfermedades que hoy en día retrasan el crecimiento no son válidas para la antigüedad, ya que una niña celiaca no hubiera sobrevivido.

El consumo de ciertas sustancias por la madre afecta mucho al feto. Los metales pesados por ejemplo, son muy perjudiciales para el feto. Se ha relacionado el plomo con un aumento de la tasa de abortos, retraso del crecimiento y trastornos neurológicos. También el mercurio causa síntomas neurológicos múltiples. Tengamos en cuenta que en Roma cañerías y vajillas eran de plomo, por lo que las intoxicaciones por este metal no serían algo tan infrecuente.

Recientes estudios han demostrado que el consumo de LSD por la madre causa anomalías en el sistema nervioso central y en las extremidades, así que podemos suponer que la ingesta del cornezuelo del centeno, un hongo que afecta a los cereales y que contiene ergotamina, de donde deriva el LSD, podía causar también anomalías. El cornezuelo del centeno (Claviceps purpurea), molido junto al resto del grano produce ergotismo y reduce la fertilidad. También otros hongos, como la Cándida, si atacan a la madre durante el embarazo pueden afectar al feto, aunque de forma no mortal. Pero recordemos que un feto que presentara taras físicas no sería aceptado.

El consumo de alcohol es muy perjudicial para el feto, y aunque las mujeres tenían prohibido en teoría el consumo de alcohol, en numerosas fuentes (como por ejemplo Marcial) se nos habla de la trasgresión de estas normas o se tacha a ciertas mujeres de borrachas. De hecho es probable que una de las razones de la prohibición del alcohol a las mujeres, aparte de que conlleve un descontrol inadmisible en una mujer decente, sea el potente efecto abortivo del mismo. Ciertas intoxicaciones alimentarias también pueden causar abortos, pero el estudio de las mismas resulta cuanto menos, complejo.

El estrés es otro de los factores muy importantes para la disminución de la natalidad. Recientes estudios consideran que los seres que se reproducen más de una vez en la vida pueden evitar o parar el embarazo si consideran que las posibilidades presentes de llevar adelante el embarazo y a la cría son menores que las que asignan al futuro. El cuerpo de las hembras valoraría la edad, el estado nutricional, o el estrés aunque si estos factores fueran crónicos no se produciría la supresión.

Además el estrés y el dolor provocan la liberación de opiáceos endógenos y dopamina, que inhiben las sustancias que permiten el desarrollo normal del ciclo ovulatorio (WASER y BARASH, 1983). En los humanos el estrés puede venir dado por causas sociales. La ansiedad, la depresión e incluso la baja autoestima se vinculan a una baja tasa de natalidad. Si la situación de estrés es crónica, la mujer acabará quedando embarazada, pues no se interpreta que haya esperanzas de mejoría, pero en situaciones temporales si se notaría ese descenso de natalidad, sumando a eso que la mayoría de niños nacidos en situaciones de estrés serían varones.

Otro factor que afecta a la reproducción es la lactancia. Lo normal es que una hembra de mamífero no pueda quedar embarazada mientras amamanta a su cría. La prolactina, que estimula la producción de leche también estimula la producción de dopamina que inhibe el ciclo ovárico, por lo que se produce la amenorrea posparto. Así las hembras de mamíferos, que suelen ocuparse por un período relativamente largo de sus crías, evitan quedar embarazadas de un nuevo cachorro al que no podrían alimentar bien.

Así pues un método anticonceptivo bastante fiable era prolongar la lactancia del bebé más allá de lo necesario. Además así el niño era una boca menos que alimentar. El problema más inmediato de este sistema es que la leche materna es un alimento adecuado tan sólo hasta los seis meses, ya que carece de algunos elementos muy necesarios, como el hierro. El prolongar excesivamente la lactancia puede provocar al bebé problemas como la anemia.

Incluso el momento de nacimiento del bebé puede determinar su probabilidad de supervivencia. Así los nacidos en las estaciones cálidas, aunque tienen una mayor probabilidad de tener infecciones en el aparato digestivo, tienen más posibilidades de supervivencia que los que nacen en las estaciones frías, que tienen un alto riesgo de contraer enfermedades respiratorias (BIDEAU, DESJARDINS, y PEREZ BRIGNOLI, 1997). El gran riesgo de las estaciones cálidas viene dada por la deficiente alimentación del bebé que puede darse por tener que trabajar la mujer más duramente en el campo, o bien en el año siguiente a dejar de mamar el niño, ya que el riesgo de enfermedades gástricas aumenta con el cambio de dieta, a la que aun su cuerpo no se ha acostumbrado.


BIBLIOGRAFÍA

BIDEAU, A.; DESJARDINS, B. y PEREZ BRIGNOLI, H. Infant and child mortality in the past. Oxford 1997

CASTILLO, Mº.E. et al. Embriología. Biología del desarrollo. Mexico 2002

COLMENARES, F. (ed.) Etología, psicología comparada y comportamiento animal. Madrid 1996

HARRIS, M. Introducción a la Antropología General. Madrid 2003.

HUFFMAN, J.W Ginecología en la infancia y en la adolescencia, Barcelona 1971

LANGMAN (T.W. Sadler). Embriología médica. Con orientación clínica. 9ª edición. Buenos Aires, 2004

MONTERO, S. Diosas y adivinas. Mujeres y adivinación en la Roma Antigua. Madrid 1991

MOORE, Keith L. y PERSAUD, T.V.N Embriología clínica. El desarrollo del ser humano. 7ª edición. Madrid 2004

WASER, S. K. y BARASH, D. P. "Reproductive Suppression among Female Mammals: implications for biomedicine and sexual selection theory". En Quarterly Review of Biology, 58, 1983

Biología y cultura. Las causas "naturales" de la mortalidad infantil

L.A. Ruiz Cabrero - V. Peña - Carlos G. Wagner

1. Cultura y población: La problemática de la fertilidad.
Los arqueólogos, historiadores y antropólogos comparten el interés por el estudio de las sociedades y culturas humanas. Un elemento común a todas ellas lo constituye el factor demográfico, que si bien durante algún tiempo estuvo relegado de los estudios sobre las sociedades primitivas, antiguas o arcaicas, en la actualidad se considera como uno de los aspectos básicos que integran su conocimiento (Harris & Ross, 1991; Hassan, 1981; Polgar, 1972).

Como es bien sabido la curva demográfica de cualquier población se encuentra condicionada por las tasas de fertilidad y mortalidad. Ambas repercuten en el crecimiento o descenso de la misma, pero mientras que podemos, al menos, aproximarnos al conocimiento de las tasa de fertilidad (mediante el cálculo de la esperanza media de vida o la edad del matrimonio, debido a que el mayor número de hijos nacen dentro del núcleo familiar a pesar de las actividades extramatrimoniales (Hardesty, 1979, pág. 163), por poner un ejemplo), resulta mucho más problemática una evaluación de la mortalidad y sus causas, y a su vez dentro de los grupos de edades y sexos, especialmente de la mortalidad infantil y su incidencia en el conjunto de la mortandad de una sociedad dada. Afortunadamente diversas ciencias, entre ellas la Paleopatología (Angel, 1969; Reverte, 1990), cuentan con una panoplia cada vez mayor de técnicas y métodos que esperamos poder, algún día, aplicar para que contribuyan a resolver esta compleja problemática. Aún así, un buen número de obstáculos tienden a hacer nuestra labor más complicada.

Uno de ellos, y no el menos importante, con el que nos encontramos siempre que nos empeñemos en un análisis de las causas y la incidencia de la mortalidad infantil en contextos preindutriales, es la imposibilidad de establecer una cuantificación estadística, debido tanto a la falta de restos como de registros de los fallecimientos. Es una constante en la Antigüedad, y de otros periodos y culturas posteriores, matizada con muy pocas excepciones, la inexistencia de un espacio funerario propio para los niños que, sin embargo, están muy mal representados, sobre todo los de menor edad, en las necrópolis ocupadas por los adultos. Ello implica la existencia de fórmulas funerarias alternativas que no siempre permiten una fácil localización y evaluación de los restos, y simboliza al mismo tiempo una actitud hacia la infancia, sobre la que luego nos extenderemos, que es preciso comprender en sus más diversas manifestaciones, sino queremos resultar desorientados en nuestras pesquisas (uno de los ejemplos más característicos es el debate acerca del tofet en el Mediterráneo central y Cartago, el cual tiende a analizarse bajo la óptica de un cementerio específico de neonatos y no un área sacralizada en la que se practicaba de forma encubierta el infanticidio. Es del todo notorio la inexistencia de sepulturas de niños en edades comprendidas entre los 2 y los 14 años en la necrópolis de Cartago). De ahí la necesidad de contar con métodos y modelos alternativos.

2. El debate sobre la mortalidad infantil en la Antigüedad y los subyacentes ideológicos.
El conocimiento de la mortalidad infantil en sociedades y culturas primitivas o arcaicas recientes, que han sido objeto del estudio de campo, y por tanto de la observación directa de los etnólogos y antropólogos (aunque la labor de investigación puede verse mermada por la ocultación de datos por parte de la sociedad estudiada, o bien debido a una mala interpretación de los mismos por parte del etnólogo o antropólogo), puede aportar un marco en el que sea más asequible interpretar los escasos datos procedentes de todas aquellas otras sociedades y culturas del pasado que no han podido ser objeto de esta observación directa. Ello no nos permitirá, por supuesto, reconstruir sus tasas de mortalidad y la incidencia más concreta de la mortalidad infantil en ella, pero al menos lograremos una mejor comprensión de cómo se producía y a que tipo de causas obedecía la muerte de los niños, y en que forma afectaba al conjunto de la evolución demográfica. Quede ante todo claro que se trata de establecer una aproximación a una realidad dinámica frente a una percepción simplificadoramente estática.

Si la aproximación desde las sociedades preindustriales recientes al problema de la mortalidad infantil en las sociedades del pasado es sin duda necesaria, no se trata tan sólo de una cuestión estrictamente científica, sino que como siempre subyacen valoraciones más globales de carácter ideológico que influyen poderosamente en el resultado final. De tal forma que una parte significativa de los investigadores defienden la idea de que la mortalidad infantil obedece fundamentalmente a causas naturales sin que se produzca una intervención significativa de los agentes socio-culturales. Son aquellos que en el debate teórico en torno a la incidencia del infanticidio en tales contextos argumentan su inviabilidad, dado que la alta mortalidad biológica y la tendencia propia de cualquier sociedad a aumentar el número de sus miembros hacen su existencia indeseable (Engels, 1980; Ribichini, 1987; Simonetti, 1983; tesis generalmente avaladas por investigadores de corte filológico).

Por el contrario, otra parte no menos significativa de investigadores mantienen la posición contraria. De acuerdo con ella, el componente biológico de la alta mortalidad infantil de aquellas sociedades objeto de nuestra atención encierra, en parte, prácticas infanticidas enmascaradas como comportamientos culturales aparentemente inócuos. Así mismo, es importante atender a la definición que cada cultura hace de lo natural o biológico, ya que no necesariamente viene a coincidir con la nuestra:

... portentosos fetus exstinguimus, liberos quoque, si debiles monstrosique editi sunt, mergimus: nec ira, sed ratio est a sanis inutilia secernere (Seneca, De Ira I, 15.2).
’....matamos a los engendros; ahogamos incluso a los niños que nacen débiles y anormales. Pero no es la ira, sino la razón la que separa lo malo de lo bueno”.

Patologías que, por cierto, no quedan siempre bien establecidas.

Asumir la importancia del infanticidio y de cualquier otra práctica antinatalista no significa negar la incidencia de los factores biológicos (cuales quiera que sean) en la mortalidad infantil, incidencia que puede verse incrementada por comportamientos culturales no siempre admitidos como tales, ni afirmar que el infanticidio haya constituido siempre y en cualquier parte el componente definitivo de ésta; pero negarlo significa, por el contrario, asumir que las sociedades humanas permanecen indefensas ante la virulencia de lo biológico y que han carecido, a falta de medios técnicos y científicos eficaces, de la capacidad cultural para dar respuesta a las necesidades que se derivan de la relación entre el tamaño de la población y la capacidad de sustentación del medio en que residen.

Dicho de otro modo, cualquier estrategia cultural dirigida a incrementar o limitar el número de individuos obedece a un cálculo efectivo que se establece, de formas muy distintas, entre los recursos naturales disponibles y las necesidades de dicha sociedad, condicionadas al mismo tiempo por factores de índole social como son la distribución de la propiedad, la organización del trabajo, etc.

3. La interactuación entre cultura y biología: Una definición cultural de lo natural.
Los estudiosos de las sociedades del mundo antiguo pueden ofrecer numerosos ejemplos en los que actúa una definición cultural de lo biológico que ha sido utilizada frecuentemente para negar o minimizar la incidencia del infanticidio, así como de contextos en los que las presiones reproductivas han actuado en la dirección de estimular una actitud favorable hacia la práctica del infanticidio y otros comportamientos antinatalistas. No deja de resultar sintomático observar, por ejemplo, cual era la actitud en la antigüedad clásica ante la posibilidad de cometer infanticidio. Era siempre ésta una prerrogativa de la patria potestas ejercida por el padre, y debe destacarse en primer término que la medicina antigua parece haber hecho muy poco caso de la vida del recién nacido; a este respecto observemos cual era la definición de puericultura de Sorano, médico romano del siglo II: según él, es el arte de decidir “como reconocer al recién nacido digno de ser criado” (Gynaecia, II, 9-10); pregunta que el propio Hipócrates se hace de un modo natural “que niños convendría criar” (Acerca del feto de 8 meses, 10).

En segundo lugar, y desde el punto de vista jurídico, el infanticidio, cuando era cometido por la mujer, o el aborto, no eran castigados por atentar contra la vida del niño, sino por privar al padre de su derecho legítimo a la descendencia (Nardi, 1971) o al Estado, cuando es promotor de políticas natalistas, de un nuevo miembro para su sociedad siempre en consonancia con el rechazo de la obediencia expresa al marido pues es éste el que debe decidir sobre la vida o la muerte de los miembros del grupo familiar: “Si una mujer se provoca a sí misma un aborto (y) los cargos (y) las pruebas están en su contra, será empalada (y) no se le enterrará. Si se encubrió (?) a esa mujer cuando perdió el fruto de su vientre (y) no se informó al rey...” (Lerner, 1990, págs. 189-190, Leyes MesoAsirias 53).

Por lo tanto, la mentalidad antigua sobre el aborto, la contracepción y el infanticidio era muy distinta de la nuestra actual y desde la que pretendemos muchas veces explicar su problemática. Ello se advierte también en la posición de los filósofos que, si bien por lo general admiten y defienden que la procreación es el principal objetivo del matrimonio, mantienen al mismo tiempo la necesidad de una planificación familiar, salvo los estoicos tardíos que vivieron tiempos de despoblación y, por supuesto, los apologetas cristianos cuyas furiosas diatribas no constituyen solamente una muestra de su retórica contra el paganismo, sino la clara evidencia de que la gente seguía practicando diversas formas de control de la natalidad (Eyben, 1980-1981, págs. 62-74).

Todo ello define una sensibilidad hacia el niño muy distinta de la nuestra, que resulta por cierto históricamente muy reciente (DeMause, 1982, págs. 15s.), lo que contribuye también, si no se tiene debidamente en cuenta a entorpecer nuestra comprensión y nuestros análisis.

4. Cuando se está vivo: El acto social del nacimiento.
Una primera manifestación de la sensibilidad de los antiguos hacia el niño corresponde al momento en que se le reconoce como tal, esto es: cuando es considerado por primera vez socialmente. Dicho momento no coincide con el alumbramiento, caracterizado por el parto, sino por el reconocimiento paterno que implica su anuncio al resto de la comunidad. El nacimiento no era por tanto un hecho biológico sino social.

En el mundo hebreo los hijos no eran presentados en el templo hasta un mes después de su alumbramiento en el caso del primogénito (Números 18, 16), tras la circumcisión celebrada a los ocho días en un primer momento (Exodo 22, 28-29), más treinta y tres días para el resto de los hijos varones, y setenta y seis días tras dos semanas (tiempo este símil al guardado durante la menstruación) si era niña (Levítico, 12); o en el mundo romano se llevaba a cabo con su incorporación a la sociedad religiosa por medio de la celebración de la lustratio, a los ocho o nueve días después de su nacimiento con la imposición del praenomen. Entre ambos momentos se extiende un tiempo en el que el recién nacido carecía de existencia como tal, y en el que su supervivencia quedaba enteramente a disposición de la voluntad de sus progenitores, generalmente del padre. Es entonces cuando más fácil es que sea víctima del infanticidio, aunque no siempre se admita como tal, como ocurría con la exposición de niños tan extendida en el ámbito grecorromano (Glotz & Humbert, 1969).

Sin embargo, a pesar de ese reconocimiento inicial, la vida del niño, y sobre todo de la niña, no estaba a partir de entonces del todo libre de ser objeto de otras prácticas, a menudo encubiertas, pero no por ello menos nocivas para su supervivencia. Que las niñas eran las más expuestas se desprende del propio testimonio de nuestras fuentes. De entre todas, la mención de Posidipo no puede ser más elocuente:

“Un hijo es siempre criado, incluso si uno es pobre; una hija es expuesta, incluso si uno es rico”.
(Hermaphroditus, fr. 11 Kock).

Su seguridad, por tanto, no estaba totalmente garantizada hasta el momento mismo en que se convertía en un individuo socialmente útil (para un romano este momento llegaba a los 17 años cuando dejaba la toga pretexta y tomaba la viril, es decir, con el paso de la infancia a la vida pública (Suetonio, Augusto, 66: dies viriles togae).


5. Las causas "naturales" de la mortalidad infantil y la incidencia de los factores biológicos y patológicos.
Los límites imprecisos entre salud y enfermedad constituían uno de los factores de riesgo que podían actuar después del momento del reconocimiento inicial del niño. La escasa preocupación de la medicina antigua contribuía notablemente a ello. Como se ha afirmado en un estudio pormenorizado del tema: “La médicine de la première enfance semble bien la parente pauvre de la médicine antique. Aucun médicin ne semble s’y intéresser vraiment à fond” (Etienne, 1973, pág. 42).

Algunos, como Hipócrates, se contentan con proporcionar una lista muy incompleta de los males que pueden sobrevenir a los recién nacidos y a los niños sin prescribir ninguna acción terapeútica; otros, como Oribasio, van más lejos en su indiferencia y sólo se preocupan de la higiene y la dietética, sin ningún planteamiento terapeútico. Ello se inscribe en la sensibilidad general de los antiguos hacia los niños, caracterizada por la indiferencia, lo que explica que sus muertes sean a menudo tenidas en silencio contribuyendo a hacer más difícil para la demografía de la Antigüedad definir la incidencia de la mortalidad infantil.

Los cuidados diferenciales y la discriminación alimenticia contribuían, sobre todo en las niñas, a aumentar poderosamente tal riesgo. Es de sobra conocido que las sociedades patriarcales en la antigüedad veían en la figura del primogénito varón la proyección de la familia, y en la figura de las hembras nacidas un elemento digregador del patrimonio familiar, y en consecuencia de su fuente de alimentación. Esta queda reflejada en los templos mesopotámicos a través de un sistema de distribución, según el cual las raciones se repartían teniendo en cuenta el sexo, la edad, la posición social y el tipo de trabajo (Gelb, 1965), siendo el cabeza de familia el más beneficiado en sus raciones, manteniendo a las hembras sometidas a dietas menos nutritivas que las reservadas a los hombres y los muchachos, por lo que tenían una esperanza media de vida de 5 a 10 años inferior a la de los hombres (Harris & Ross, 1991, pág. 91).

Desde el momento del alumbramiento hasta el nacimiento como acto social, el niño quedaba expuesto no sólo a la posibilidad de un infanticidio más o menos directo, como ya hemos reflejado en el caso de la exposición o abandono, sino que otras causas consideradas ’naturales” encubrían comportamientos , conscientes o no, destinados a acabar con su vida. La creencia en demonios o potencias maléficas explicaban a menudo las misteriosas muertes de niños. Entre los asirios y babilonios el demonio Pazuzu atacaba a la mujer y al feto durante el estado de preñez avanzada o en el momento del parto.

No se debe descartar tampoco un elevado número de abortos naturales entre la población de la antigüedad, ya que éstos, y hasta las actuales mejoras sanitarias, suponían “hasta un 25% de los embarazos al cabo de cuatro semanas” (Harris & Ross, 1991, pág. 14), sin embargo no hay que obviar la supresión intencionada del niño en el momento del parto encubierta bajo la forma de un aborto natural. En Mesopotamia Lamashtu era una figura maléfica que atacaba al niño durante el periodo de impureza de la madre, el cual, como se ha observado para los semitas noroccidentales, variaba con un primer momento crítico para el niño antes de su circumcisión y un plazo de dos semanas para las niñas, y un posterior, pero también diferenciado periodo, en el que para la progenie de sexo femenino se establecía igualmente un espacio de tiempo más dilatado (Levítico, 12); cuya acción encubría tanto la posibilidad de una enfermedad por la que el niño rechazaba el alimento ofrecido por la madre, o el estrangulamiento o la asfixia de la criatura. Curiosamente la aparición de este tipo de demonios continuó dentro del mundo de tradición cristiana o musulmana (Lichty, 1971, pág. 24).

Por otro lado, en el resto del mundo antiguo, muchas de las enfermedades que afectaban a los niños eran atribuidas igualmente a la intervención de demonios. Ahora bien, las enfermedades epidémicas como el sarampión, la tos ferina, la varicela... (que en la actualidad atacan casi exclusivamente a la población infantil) no fueron suficientes para diezmar a la población, ya que las tasas elevadas de fertilidad reemplazaban inmediatamente con el nacimiento de nuevos individuos las pérdidas ocasionadas por las epidemias, y las respuestas a éstas dotaron a la poblacuión de elementos de inmunidad, quedando las infecciones estabilizadas en un periodo entre 120 a 150 años (McNeill, 1984, págs. 59-60).

La mayor incidencia de la mortalidad femenina incidía de forma directa en la tasa de fertilidad, y por tanto en el crecimiento de la población. Al igual que muchas sociedades preestatales, en el mundo antiguo existía un marcado sesgo en contra de las hembras en la practica del infanticidio. En una carta del siglo I antes de nuestra era, un futuro padre egipcio da las instrucciones precisas a su esposa:
ean polla pollwn tekhV, ean h(n) arsenon, ajeV, ean h(n) qhlea, ekbale (Papiro Oxy., IV, 744).

“Si como puede suceder, das a luz un hijo, consérvalo, si es mujer, abandónala”.

6. Desproporción por sexos: Una sospecha.
En el año 1961, Henri Vallois tabuló todos los fosiles prehistóricos excavados desde el pithecantropos hasta los pueblos mesolíticos, hallando una tasa de masculinidad de 148 varones por 100 mujeres (Vallois, 1961, pág. 225). La composición de las familias griegas también aportan datos sobre la desproporción por sexos, que hace pensar en una mayor incidencia de la mortalidad femenina en esta sociedad. De 600 familias a que se hace referencia en inscripciones del siglo II en Delfos, sólo un 1% criaban 2 hijas, aunque no era extraño la crianza de 2 hijos o incluso 3. Así mismo, de 79 familias que adquirieron la ciudadanía milesia entre los años 228 al 220 antes de nuestra era, el promedio de hijos era de 118 varones sobre 28 hembras (DeMause, 1982, pág. 49).


CONCLUSION:

Hay, como se ha visto, suficientes datos históricos, demográficos, ecológicos y antropológicos que indican que las elevadas tasas de mortalidad infantil detectadas y atribuídas en muchas ocasiones a causas naturales, ocultan en realidad, como ha ocurrido en otras épocas y otros lugares, la práctica del infanticidio, encubierto o no, o de conductas culturalmente pautadas con un claro objetivo antinatalista (Freeman, 1973; Harris, 1978: 61ss.; Wrigley, 1985: 44ss. y 125ss.; Harris y Ross, 1991: 83ss.). Sólo de esta fomma se puede llegar a entender la frecuente desproporción entre los grupos de edades y sexo a favor de los varones, cuando una documentación suficientemente amplia, como la que poseemos para Grecia, nos pemmite atisbar estos aspectos en el interior de una sociedad antigua.

Cuando dicha documentación, así como otra correspondiente al mundo antiguo, es analizada desde un enfoque teórico y unos criterios metodológicos pertinentes (Tam y Griffith, 1969: 74ss.; Angel, 1972: 100; Picard, 1982: 162ss.; Stager y Wolf, 1984; Pomeroy, 1987: 86; De Ste. Croix, 1988: 127; Lipinski, 1988: 159ss.; J. Carcopino, 1989: 110-11; Lemer, 1990: 141 y 296; Garmsey y Saller, 1991: 163ss.), tal realidad, por más que pueda ofender nuestras menetes y nuestros sentimientos, queda completamente confimada. La solución no estriba en ocultarla, sino en comprenderla en toda su dimensión y alcance.


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Infanticidio

R. Díaz Maderuelo - J.M. García Campillo - Carlos G. Wagner

Probablemente el infanticidio, sea por abandono, descuido, maltrato o violencia hacia niños con resultado de muerte, es una práctica humana universal. Con los datos etnográficos y etnohistóricos disponibles resulta difícil intentar demostrar esta afirmación, debido a la renuencia que muestran muchas sociedades a informar sobre esta clase de episodios, así como a la repugnancia que siente un crecido número de investigadores (occidentales) a indagar acerca de ellos. Aun cuando deben existir grupos humanos que no tendrían empacho alguno en describir la manera en que se libran de los hijos no deseados, la fuerte sanción jurídica, social y moral que impera en la dominante cultura occidental contra este tipo de homicidios, lleva a los informantes a escatimar o falsear los testimonios, en el caso de que sean preguntados específicamente.

De esta situación se desprende una segunda afirmación de probable carácter universal relacionada con el infanticidio: en un gran número de casos, tal práctica no se lleva a cabo sin que suponga un cierto o elevado coste emocional y un efecto psicológicamente negativo. Aunque no podemos entrar aquí a discutir -ni a intentar fundamentar- esta segunda afirmación, lo cierto es que el infanticidio se reviste frecuentemente de una serie de justificaciones, ritualizaciones y otros recursos ideológicos encaminados a intentar paliar o sobreseer el presunto perjuicio emocional mencionado antes.

Es precisamente este equipamiento ideológico el que en muchas ocasiones no nos permite discernir hasta qué punto determinadas prácticas homicidas dirigidas contra miembros de la propia sociedad -en el caso de este estudio, el sacrificio infantil - deben considerarse originadas por la misma causa que provoca el infanticidio (eliminación de hijos no deseados), o bien pertenecen a una esfera distinta del comportamiento humano.

Existen distintos tipos de infanticidio:

1. Infanticidio abierto o manifiesto, cuando la agresión, del tipo que sea, no es en modo alguno disimulada.
2. Infanticidio encubierto, cuando la agresión es ocultada o disimulada
3. Infanticidio preferencial, cuando actúa preferentemente sobre uno de los dos
sexos, generalmente el femenino.

Una primera oposición destacable puede establecerse a partir de la valoración otorgada a los niños maltratados, descuidados, abandonados o asesinados en función de que sus cualidades físicas, mentales o morales, sean consideradas deseables o no, por parte del agente o los agentes del infanticidio. En el primer caso suele tratarse de prácticas clasificables como sacrificio infantil, que define una subcategoría del sacrificio humano. En segundo lugar se trata del infanticidio en sentido estricto.

La segunda oposición significativa tiene que ver con el ámbito en que se produce la acción, que puede ser privado, o público. El maltrato y el descuido suelen ejercerse en ámbitos privados o íntimos, mientras que los rituales de sacrificio se realizan en espacios públicos o semipúblicos. En lo que concierne al ámbito privado de la acción de maltrato infantil, es evidente que la práctica implica para el autor de los mismos un cierto sentimiento de culpa que no logra, sin embargo, evitar la acción, pero que necesita ampararse en el ámbito de lo privado. Esto justifica el hecho de que en sociedades como la nuestra, donde el maltrato infantil es legalmente perseguido y socialmente detestado, son frecuentes los casos en que ante la falta de espacios suficientemente asilados, el agresor aumenta previamente el volumen de un receptor de radio o televisión para ocultar los gritos y el llanto del menor maltratado, Muy al contrario, en rituales públicos o semipúblicos de sacrificio no parece ser necesario ocultar los signos de dolor de la víctima, pues el sentimiento de culpa del oficiante no existe, o está muy atenuado, sin embargo también en estos casos suele evitarse la expresión de llantos y gritos por el empleo de sustancias que alteran la conciencia de la víctima y, frecuentemente, por el establecimiento de una distancia ritual entre ésta y los asistentes a la ceremonia que, entre otras cosas, evita la percepción nítida del dolor.

El carácter individual o colectivo de la acción también ofrece una posibilidad de contrastar significativamente las prácticas infanticidas. La mayoría de los casos de maltrato en ámbitos privados parece tener un carácter individualizado. Por su parte, los sacrificios colectivos casi siempre se remiten al plano mítico o literario (eliminación de los primogénitos egipcios por intervención divina, matanza de los inocentes por imposición del poder político, etc.), pero no faltan testimonios de infanticidio grupal ritual en sociedades de la Antigüedad e incluso en la actualidad pueden documentarse casos de eliminación colectiva de menores abandonados, sea por intervención policial o por ajustes de cuentas entre bandas rivales de delincuentes.

Otras distinciones importantes se refieren a la preferencia por uno u otro sexo en la práctica del infanticidio. En términos generales existe documentación referida a una mayor frecuencia en la eliminación de niñas, pero recientes estudios como el expuesto en el documento El maltrato infantil en México, muestran una preferencia por la eliminación de varones

El estudio del infanticidio, pese a su amplio interés (Hausfater, 1984), ha sido frecuentemente descuidado por los investigadores de la Antigüedad, no tanto por problemas de documentación, que realmente existen, cuanto por una perspectiva poco idónea que responde a determinadas ideas de índole teórica y metodológica. Así, la presunción ampliamente asumida de que altas tasas de mortalidad infantil que caracterizaron las sociedades antiguas, harían innecesaria la deliberada práctica del infanticidio como método eficaz de regular el crecimiento de la población, no ha tenido en cuenta la realidad de una natalidad también mayor, lo que hace a las sociedades preindustriales recurrir frecuentemente a una forma u otra de infanticidio (Peyronnet, 1973; Trexler, 1973; Langer, 1974; Eng y Smith, 1976; De Mause, 1982; Harris y Ross, 1991)

El infanticidio actúa muchas veces como una respuesta a las presiones de base eco-demográfica, así como a las situaciones de extrema pobreza. Cuando la documentación del mundo antiguo es analizada desde un enfoque teórico y unos criterios metodológicos pertinentes, lo que ocurre en no muchas pero si fructíferas ocasiones (Tam y Griffith, 1969: 74ss.; Angel, 1972: 100; Picard, 1982: 162ss.; Stager y Wolf, 1984; Pomeroy, 1987: 86; De Ste. Croix, 1988: 127; Lipinski, 1988: 159ss.; J. Carcopino, 1989: 110-11; Lemer, 1990: 141 y 296; Garmsey y Saller, 1991: 163ss.), su existencia queda completamente confirmada.

Los argumentos de los detractores del infanticidio descansan, sobre todo, en que la mortalidad infantil por causas naturales era ya lo suficientemente elevada como para no precisar de más muertes adicionales provocadas, ya que entonces el riesgo inmediato era el de la despoblación (Engels, 1980). En realidad no resulta difícil rebatirlos (Harris, 1982). Silencian que, si la mortalidad infantil por causas naturales era realmente alta, también lo eran las tasas de fertilidad por lo que los nacimientos eran numerosos. Si la mortalidad infantil era tan alta y no se encontraba contrarrestada por una fertilidad igualmente alta, entonces ¿para que recurrir al aborto provocado y a diversos métodos anticonceptivos más o menos eficaces que sabemos fueron empleados en Oriente, Egipto y el mundo greco-romano? (Preus, 1975: 251 ss; Eyben, 1980-1; Pangas, 1990). Por supuesto, tampoco tienen en cuenta la capacidad de las sociedades antiguas de regular el tamaño de la población mediante procedimientos culturales pues comparten con los demógrafos conservadores "la hipotesis no operacionable de que la existencia de un régimen de fecundidad culturalmente controlado depende de un cálculo deliberado y consciente de un número explícitamente pretendido de hijos deseados. El origen de esta hipótesis se halla en idealizaciones etnocéntricas, y especialmente eurocéntricas, del comportamiento de sociedades "progresivas" posteriores a la transición demográfica, en comparación con el comportamiento reproductivo de sociedades "atrasadas" pre-trasnsicionales. Se considera que las sociedades post-transicionales que practican generalizadamente el control de los nacimientos son las únicas que tienen la capacidad de hacer cálculos racionales acerca del número óptimo de hijos que crían. En consecuencia, los indicios del empleo de toda una gama de procedimientos culturalmente modelados que tienen el efecto demostrable de controlar la fecundidad en sociedades no cotraceptivas -el aborto, la abstinencia, la lactancia- son categorialmente degradadas a la condición de de conductas cuyo "objetivo" nada tenía que ver con el control de la fecundidad, y que en consecuencia no podía ser verdaderamente un control auténtico de la fecundidad en su pleno sentido noble e idealista" (Harris y Ross, 1991: 25 ss). La misma razón se utiliza para no contemplar los efectos del infanticidio sobre la fecundidad con lo que se la e vincula exclusivamente con la mortalidad. Olvidan, por lo mismo, que ante constricciones concretas la gente puede y tiende a adoptar decisiones destinadas a preservar su situación e impedir que ésta empeore sin tener necesariaente presente un calculo de los resultados a medio plazo en el contexto más amplio de la sociedad en la que vive.

Además de los documentos explícitos, hay suficientes datos históricos, demográficos, ecológicos y antropológicos que indican que las elevadas tasas de mortalidad infantil detectadas, y atribuídas a causas naturales, ocultan en realidad, como ha ocurrido en otras épocas y otros lugares, la práctica del infanticidio, encubierto o no, o de conductas culturalmente pautadas con un claro objetivo antinatalista (Freeman, 1973; Harris, 1978: 61ss.; Wrigley, 1985: 44ss. y 125ss.; Harris y Ross, 1991: 83ss.). Sólo de esta forma se puede llegar a entender la frecuente desproporción entre los grupos de edades y sexo a favor de los varones, cuando una documentación suficientemente amplia, como la que poseemos para Grecia, nos pemmite atisbar estos aspectos en el interior de una sociedad antigua.no muy abundantes.

Por ejemplo, a los antiguos griegos les resultaba consustancial con la naturaleza femenina alimentar a las niñas recién nacidas en mucha menor medida que a sus hermanos varones (Lacey, 1968, pág. 165), con los subsiguientes riesgos ocasionados por las patologías propias de la primera infancia. No se trataba para ellos de un descuido sino de una conducta absolutamente normal según su formulación de lo que era "natural" en este caso. En Mesopotamia, donde la preocupación por lo problemas derivados de la presión demográfica se manifestó muy pronto (Kilmer, 1972), se solían atribuir las muertes prematuras y tempranas a la acción de determinados "demonios", como Pazuzu o Lamashtu (Leichty, 1971), lo que dejaba un amplio margen para encubrir cualquier actitud que incidiera de forma más o menos directa en acortar la vida de los recién nacidos o en impedir que nacieran. Todo ello en unos ambientes culturales que, tanto aquí como allá, se caracterizaban por una sensibilidad muy distinta hacia la infancia e incluso por una absoluta ausencia de la misma, lo que se concretaba frecuentemente en una falta de atención y de estima (Peyronnet, 1973) que puede resultarnos difícil de comprender. La cuestión se complica, por tanto, por un problema añadido de mentalidad que nos impide enjuiciar correctamente al proyectar nuestros valores sobre la infancia a realidades con las que no se corresponden. Nuestros modelos de comportamiento caracterizados por la protección, la estima y la ternura no son sino adquisiciones históricamente recientes que no deben hacernos olvidar las palabras de uno de los más sobresalientes especialistas en historia de la infancia cuando afirma que: "la historia de la infancia es una pesadilla de la que acabamos de despertar hace poco" (De Mause, 1982: 15).

Nuestra mentalidad actual actúa muchas veces como una barrera considerable para admitir tales cosas, pero en el mundo antiguo, tanto en el ámbito oriental como en el grecorromano, según se desprende de sus escritos literarios, filosófico y jurídicos, las prácticas, como el aborto, destinadas a actuar negativamente sobre la fecundidad impidiendo los nacimientos, eran condenadas no por considerárselas un crimen contra la vida, sino por constituir un atentado contra la autoridad patriarcal, al privar al padre de una descendencia sobre la que tenía muy amplios poderes, de vida y muerte en el caso de la patria potestas del padre romano, e impedirle ejercer una decisión, si se permitía vivir o no al recién nacido, que era única y exclusivamente suya. Como ha señalado K. A. Lee (1994, p. 73): “Modern society also has a sentimental ideal of children and parenthood. Scott (1992) demonstrated that advertising has created a stereotype, an idealisation of the infant that dominates our conception. The Christian symbolism of the baby Jesus as a cherubic innocent is a powerful image. Though infants embody potential cultural contradictions- blissful: disruptive; helpless: powerful; innocent: sinful; passive: manipulative- archaeologists do not fully examine the role and symbolic image of the infant (Scott 1992, 82). Nor is society prepared to examine the more negative connotations of infants. It is because of this reluctance that ritual infanticide cannot be studied objectively as a cultural survival mechanism, an adaptation through religion in which it may be socially effective to kill young children. Moreover, it beems particularly difficult to understand a society for whom infanticide becomes a institutionalised public ritual”.

La Antigüedad conoció diversas formas de prácticas infanticidas, siendo la más común en el ámbito griego y romano, el abandono de los niños, o expositio. En este sentido la comunidad dejaba hacer a los partículares, muy al contrario de lo que sucedía en el Próximo Oriente y Egipto, donde los poderes centralizados del palacio y los santuarios tenían una poderosa capacidad para inmiscuirse en la esfera de las decisiones privadas, regulándolas.

Argumentar, como se ha hecho (Boswell, 1984: 13 ss) que el abandono de los niños constituía un método de extraerlos de la familia, no de la vida constituye, cuanto menos, un sarcasmo, pero afirmar que el abandono de niños constituía una práctica de regulación demográfica más flexible que el infanticidio directo ya que "allowed shifting of population from overcrowded to under populated areas; transformed potentially dangerous burden of hard-pressed families -or permanent shame to unwed mothers- into wellcome aditios to other families; removed superflous laborers and provided needed to ones at trainable ages: an afforded means to correct, to some extent, sexual imbalences within families or comunities" (p. 31), pasa del terreno del sarcasmo al del desatino y manifiesta un enorme desconocimiento de las condiciones demográficas que caracterizaban la antigüedad greco-romana. Aunque algunos filósofos, como Aristóteles (Pol. VII, 14, 10 ) prefirieran el aborto al infanticidio, no dejaban por ello de recomendar que se matase a los niños que nacieran deformados o enfermos, lo que dejaba siempre un margen ciertamente amplio de actuación al padre para decidir si el recién nacido debía vivir o no.

En cualquier caso, el aborto, aunque practicado, no era muy recomendado por los peligros que suponía para la vida de la madre, salvo que se realizase en las primeras semanas del embarazo en que el riesgo era menor, por lo que el abandono de los niños no deseados fue una práctica común a la que directamente podemos considerar una forma de infanticidio (Preus, 1975: 253 y 256).

Podemos considerar pues la expositio como un infanticidio inconcluso y de carácter encubierto o vergonzante. La ritualización no fue la forma comunmente empleada durante la Antiguedad mediterránea para enmascarar el infanticidio, reduciendo así los costos psicológieos y conductuales que genera en quienes, por efecto de las tensiones reproductivas y la presión demográfiea, se ven aboeados a ello. Pero, en cambio, ha sido muy utilizada en otros contextos historicos y culturales. Tal es el caso de las culturas complejas de la América prehispánica en donde, dejando al margen la propaganda negativa de los conquistadores, no es difícil encontrar evidencias concretas de infanticidios ritualizados, e incluso a los mismos sacerdotes comprando a las futuras víctimas a sus propias familias para ser luego inmoladas a las divinidades precolombinas de la lluvia (Preseott, 1972: 5457; Annequin, 1977: 163-167; Von Hagen, 1973: 168-170; Mareilly, 1977: 184-5; Tiemey, 1991).

Ello nos obliga necesariamente a ser cautos en nuestras apreciaciones, sobre todo cuando comprobamos que las élites sacerdotales, pese a que la ideología dominante propagaba los beneficios de una abundante familia, tuvieron en Mesopotamia desde bien pronto una clara visión de los riesgos propios de una demografía deseontrolada y de las medidas a tomar para evitarlos. Se advierte así en la épica de Atrahasis en conexión con el conocido tema del diluvio (Kilmer, 1972; ef.: Leiehty, 1971 y Moran, 1971: 56-9). Por otra parte, la presión demográfiea, por mucho que se hable del efecto negativo de epidemias, guerras, etc, sobre el crecimiento de la población, era un factor realmente presente (Angel, 1972: 99). Parece por tanto posible que en detemminados ambientes culturales del mundo antiguo, allí donde precisamente, como en Oriente, las élites sacerdotales ejercían mayor control e influencia, la ritualización del infanticidio haya podido ser considerada un medio más eficaz de asimilar conduetual y psicológicamente la necesidad de reeurrir a su práctica, que la simple negligencia o el abandono sin más, de los recién nacidos.


UNA REFLEXIÓN Y ALGUNOS DATOS SOBRE PRÁCTICAS INFANTICIDAS CONTEMPORÁNEAS EN SOCIEDADES INDUSTRIALIZADAS
J.M. García Campillo

Según Wiese y Daro (Current Trends in Child Abuse Reporting and Fatalities: The Result of the 1994 Annual Fifty State Survey. NCPCA. Chicago, 1995) durante el año 1994 se denunciaron 3.140.000 casos de maltrato y negligencia a menores ante las agencias del Servicio de Protección a la Infancia (CPS) en Estados Unidos. Estas denuncias permitieron comprobar al CPS que 1.036.000 menores norteamericanos sufrieron efectivamente malos tratos durante ese año, lo que equivale a una tasa del 47 por 1000. Ello tuvo como consecuencia, entre otras cosas, que 1.271 menores fallecieran en Estados Unidos.

De la información que aportaron aquellos estados norteamericanos que mantienen estadísticas al respecto, se desprende que el 88 % de los niños fallecidos por malos tratos y negligencia en 1994 tenían menos de cinco años de edad, y un 46 % eran menores de un año. Acerca de las causas de las muertes, el 42 % lo fueron por negligencia, el 54 % por maltrato físico directo o violencia y un 4 % por una combinación de ambos factores.

La lectura de esta fría estadística permite albergar pocas dudas acerca de la extensión universal y atemporal del fenómeno del infanticidio, independientemente de sus motivaciones y modalidades. Las prácticas y los casos que sobre esta cuestión hemos ilustrado en diferentes culturas y épocas (ver epígrafes anteriores) pueden ser percibidas como rarezas rituales, sucesos puntuales, comportamientos socio-religiosos desviados, respuestas ante las presiones productivas y reproductivas, o incluso, como análisis y apreciaciones erróneas o falseadas por parte de investigadores e informantes. Pero frente a los datos contemporáneos que sobre la violencia y la negligencia en el trato a los menores nos ofrecen periodistas, sociólogos, funcionarios, médicos y tribunales, no cabe dudar de su existencia, y, desde luego, sería absurdo suponer que se trata de una práctica ya desaparecida en las sociedades humanas.

Ciertamente se puede argüir, especialmente con vistas a conservar la tranquilidad, que las conductas infanticidas en la actual sociedad occidental son algo anecdótico y estadísticamente minoritario. Pero es que tal apreciación resulta igualmente válida para cualquier otro lugar y otro momento. Es evidente que los porcentajes en los que tenían lugar los hábitos de infanticidio y sacrificio infantil en las sociedades preindustriales eran también minoritarios, pues ninguna población hubiera prosperado en el caso contrario.

Ante los indicios y datos etnográficos, arqueológicos e históricos, el estudioso busca con naturalidad explicaciones y justificaciones, hipótesis que permitan entender esta parcela de la dinámica socioeconómica y cultural de las sociedades humanas pasadas o de las que resultan distantes del modo de vida y pensamiento occidentales. Pero ante las evidencias contemporáneas y próximas, lo que el estudioso debe hacer, con la misma naturalidad, es señalar posibles remedios, alternativas y soluciones, tras convenir en que el fenómeno del infanticidio, por más que pueda resultar natural, no es en modo alguno deseable.

Esta segunda tarea no puede acometerse en el seno de este estudio. Pero sí cabe aportar un pequeño conjunto de datos contemporáneos que permiten apreciar, de manera rotunda, que el problema del infanticidio en las sociedades pasadas cuenta con una fértil descendencia que llega hasta nuestros días. Así, las dimensiones histórica y antropológica del fenómeno, las cuales son objeto de explicación en este estudio, puedan quizá contribuir al entendimiento de su dinámica actual.

Nuestra actual sociedad conceptúa los casos de infanticidio en dos grandes categorías: malos tratos o abusos directos a menores, y negligencia, es decir, falta de los cuidados necesarios para el normal desarrollo o la supervivencia del niño. Actualmente, los casos de abandono o exposición del recién nacido son relativamente infrecuentes, y esta práctica, tan profusamente utilizada en siglos anteriores, puede decirse que hoy es estadísticamente irrelevante, al menos en España, gracias a las condiciones socioeconómicas, los métodos anticonceptivos, la posibilidad de abortar y, sobre todo, a los sistemas gubernamentales de protección y acogida; a este respecto, puede ser significativo señalar que, por ejemplo, durante el año 1999, un total de 65 niños fueron entregados por sus madres a la administración autonómica de la Comunidad de Madrid para que fueran adoptados.

Mucho más difíciles de erradicar son los malos tratos y la negligencia, que en muchas ocasiones conducen a la pérdida de la vida del menor, como se ilustraba más arriba en la estadística estadounidense. En nuestro país, a comienzos del año 2000, un informe del centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia estimaba que:

«...el 4,2 por ciento de los niños son víctimas de malos tratos en nuestro país y, en la inmensa mayoría de los casos, esta violencia se produce en el ámbito familiar. Sólo en el 10 por ciento de las ocasiones, el maltrato es causado por personas con problemas psicopatológicos o psiquiátricos. El 90 por ciento restante es obra de padres o cuidadores que, aparentemente, deberían ser tildados de normales» [Diario ABC, 6 de enero de 2000].

Es interesante conocer una estadística algo más precisa sobre malos tratos y negligencia a menores, referida al primer trimestre de 1999 en el territorio de la Comunidad Autónoma de Madrid. Según el resumen que del informe oficial apareció en la edición del 2 de mayo de 1999 del diario El País, los centros médicos del citado territorio interpusieron, durante esos tres meses, un total de 66 demandas a causa de otros tantos menores atendidos que presentaban signos de abandono o agresiones. De estas 66 denuncias, se constató que 11 casos correspondían a agresiones físicas, 13 a maltrato emocional, 13 a negligencia, y 4 a abusos sexuales, sin que se especificara nada sobre los restantes casos.

Durante ese mismo trimestre, el Instituto Madrileño del Menor y la Familia (IMMF) asumió un total de 250 tutelas de menores (figura jurídica de adopción a cargo de la Adminsitración que implica la pérdida de la patria potestad por parte de los padres o tutores del menor tutelado), así como 193 guardias y custodias (adopción sin pérdida de la patria potestad pero con separación del menor de sus padres o tutores). Las tutelas vinieron ocasionadas por trato inadecuado (50 % de los casos), incumplimiento del deber de protección (30 % ), y por imposibilidad de cumplir tal deber (20 %) (causada por la reclusión o la incapacidad por enfermedad de los padres); naturalmente, hay muchos casos de tutela ocasionados por una combinación de las anteriores causas. El informe señalaba que la figura de incumplimiento (abandono de los hijos) se da más por parte del padre, mientras que la de trato inadecuado o imposibilidad del deber de protección suele estar originada más comúnmente por las madres (aquí hay que suponer que el padre ya había abandonado la unidad familiar, o nunca se responsabilizó de ella).

Tras la lectura de estos datos, hay que pensar cuál habría sido la suerte de muchos de los menores afectados si la actual sociedad no hubiera dispuesto de mecanismos públicos para su protección; y hay que pensar también qué es lo que ha venido ocurriendo en siglos anteriores en el seno de nuestra propia cultura, antes de que las instituciones públicas y los tribunales orquestasen las actuaciones necesarias. Al igual que la institución familiar (sea ésta de las características que fueren), la práctica del infanticidio -en mayor o menor grado y de una u otra forma- es una constante en la historia de las sociedades humanas.

Por último, es conveniente, tal y como hemos realizado con otras culturas y otras épocas, ilustrar, siquiera someramente y a efectos de comparación, algunos de los casos de violencia y abandono de menores que han tenido lugar en nuestro entorno geográfico y temporal más inmediato. En el siguiente texto recogemos los titulares de las noticias relacionadas con esta problemática, aparecidas en los principales diarios españoles y que pudimos recuperar durante el período comprendido entre septiembre de 1999 y marzo de 2000:

[titulares de los artículos publicados en la prensa nacional sobre casos de infanticidio frustrado o consumado, ordenados cronológicamente]
« “UN NIÑO DE DOS AÑOS Y MEDIO MUERE EN VIGO A CAUSA DE LOS MALOS TRATOS QUE RECIBIÓ” [por parte de la madre y su compañero sentimental]. Diario La Vanguardia, 28-09-99.
“LA POLICÍA INVESTIGA LA MUERTE DE UN NIÑO CEUTÍ QUE PRESENTABA SIGNOS DE VIOLENCIA” [los padres estaban encarcelados y el niño vivía con otros miembros de la familia, que fueron detenidos]. Diario ABC, 30-10-99.
“DETENIDOS POR FRACTURARLE EL CRÁNEO A SU HIJO DE SIETE MESES” [en Valencia]. Diario El Mundo, 12-12-99.
“UNA NIÑA DE TRES AÑOS, ÚLTIMA VÍCTIMA DE LOS MALOS TRATOS” [en Almería; presentaba hematomas en glúteos, manos y espinillas; los padres fueron arrestados y puestos en libertad tras declarar]. Diario ABC, 14-12-99.
“LOCALIZADO EN UN VERTEDERO EL CADÁVER DEL NIÑO DE DIEZ AÑOS DESAPARECIDO EN LANZAROTE” [el excompañero de la madre se confesó autor de los hechos y pudo actuar por despecho tras su desaparición]. Diario La Vanguardia, 16-12-99.
“UNA NIÑA RECIÉN NACIDA, HALLADA CON SÍNTOMAS DE CONGELACIÓN EN UNA CARRETILLA DE OBRAS”. [en Madrid]. Diario ABC, 24-12-99.
“REDUCEN LA CONDENA A UNOS PADRES QUE PEGABAN A SU HIJA POR SU SITUACIÓN DE FUERTE MISERIA” [en Málaga; la niña, de nueve meses, sufrió lesiones, malos tratos y abandono]. Diario El Periódico de Catalunya, 6-1-2000.
“MUERE UN BEBÉ A CAUSA DE MALOS TRATOS EN LA LÍNEA” [sus padres fueron detenidos como presuntos autores de las agresiones; el bebé tenía cinco meses]. Diario El Mundo, 22-2-2000.
“UN JOVEN CANARIO ESTRANGULA A SU HIJA Y LUEGO SE QUITA LA VIDA” [la niña tenía dos años]. Diario ABC, 22-2-2000.
“UN PADRE SEPARADO MATA A TIROS A SUS DOS HIJAS DE CUATRO AÑOS EN GIRONA Y SE SUICIDA”. Diario El País, 14-3-2000.»

Los casos seleccionados sólo se refieren a la violencia o negligencia ejercidas contra los niños por sus propios progenitores, y se han excluido los casos conceptuados o denunciados como de abuso sexual, de los cuales apareció una engrosada nómina en la prensa española durante el periodo de seguimiento.



CONSIDERACIONES SOBRE EL INFANTICIDIO Y EL ABANDONO DE NIÑOS.
PASADO Y PRESENTE
R. Díaz Maderuelo

Aunque necesariamente fragmentarios, los datos etnohistóricos y etnográficos resultan tan variados que parece conveniente establecer una tipificación de las prácticas de infanticidio, porque ello puede arrojar luz sobre las motivaciones y al menos sobre las justificaciones que esgrimen algunos agentes sociales y las que proponen los investigadores que se han ocupado de estas cuestiones.

Si se acepta la tipología del infanticidio propuesta más atrás se pueden establecer algunos aspectos o variables contrapuestos que pueden ayudar a la comprensión de este fenómeno social:

• Infanticidio abierto o manifiesto, cuando la agresión, del tipo que sea, no es en modo alguno disimulada.

• Infanticidio encubierto, cuando la agresión es ocultada o disimulada

• Infanticidio preferencial, cuando actúa preferentemente sobre uno de los dos sexos, generalmente el femenino.

Una primera oposición destacable puede establecerse a partir de la valoración otorgada a los niños maltratados, descuidados, abandonados o asesinados en función de que sus cualidades físicas, mentales o morales, sean consideradas deseables o no, por parte del agente o los agentes del infanticidio. En el primer caso suele tratarse de prácticas clasificables como sacrificio infantil, que define una subcategoría del sacrificio humano. En segundo lugar se trata del infanticidio en sentido estricto

La segunda oposición significativa tiene que ver con el ámbito en que se produce la acción, que puede ser privado, o público. El maltrato y el descuido suelen ejercerse en ámbitos privados o íntimos, mientras que los rituales de sacrificio se realizan en espacios públicos o semipúblicos. En lo que concierne al ámbito privado de la acción de maltrato infantil, es evidente que la práctica implica para el autor de los mismos un cierto sentimiento de culpa que no logra, sin embargo, evitar la acción, pero que necesita ampararse en el ámbito de lo privado. Esto justifica el hecho de que en sociedades como la nuestra, donde el maltrato infantil es legalmente perseguido y socialmente detestado, son frecuentes los casos en que ante la falta de espacios suficientemente asilados, el agresor aumenta previamente el volumen de un receptor de radio o televisión para ocultar los gritos y el llanto del menor maltratado, Muy al contrario, en rituales públicos o semipúblicos de sacrificio no parece ser necesario ocultar los signos de dolor de la víctima, pues el sentimiento de culpa del oficiante no existe, o está muy atenuado, sin embargo también en estos casos suele evitarse la expresión de llantos y gritos por el empleo de sustancias que alteran la conciencia de la víctima y, frecuentemente, por el establecimiento de una distancia ritual entre ésta y los asistentes a la ceremonia que, entre otras cosas, evita la percepción nítida del dolor

El carácter individual o colectivo de la acción también ofrece una posibilidad de contrastar significativamente las prácticas infanticidas. La mayoría de los casos de maltrato en ámbitos privados parece tener un carácter individualizado. Por su parte, los sacrificios colectivos casi siempre se remiten al plano mítico o literario (eliminación de los primogénitos egipcios por intervención divina, matanza de los inocentes por imposición del poder político, etc.), pero no faltan testimonios de infanticidio grupal ritual en sociedades de la Antigüedad e incluso en la actualidad pueden documentarse casos de eliminación colectiva de menores abandonados, sea por intervención policial o por ajustes de cuentas entre bandas rivales de delincuentes.

Otras distinciones tienen que ver con la preferencia por uno u otro sexo en la práctica del infanticidio. En términos generales existe documentación referida a una mayor frecuencia en la eliminación de niñas, pero recientes estudios como el expuesto en el documento El maltrato infantil en México, muestran una preferencia por la eliminación de varones

Por otra parte, las justificaciones de infanticidio más interesantes para el antropológico son las que apelan a factores o causas mitológicas o mágicas, mediante las que se elabora toda una serie de prescripciones que se traducen en comportamientos perfectamente pautados y automáticos que conducen a provocar la muerte del bebé no deseado. Algunos investigadores han aceptado más o menos explícitamente estas consideraciones y sostienen que en diferentes sociedades aquellas criaturas deformes, enfermas, o portadoras de caracteres (signos) que les convierten en potencialmente peligrosos para el grupo, o simplemente no presentan las cualidades exigibles para cumplir el modelo humano considerado normal en esa sociedad, pueden eliminarse por cualquier procedimiento activo, (maltrato o asesinato), o pasivo, (negligencia o abandono). Entonces ¿por qué muchas veces los sujetos eliminados son precisamente quienes manifiestan en mayor grado las características mejor valoradas, como buena salud, hermosura, inteligencia, etc.? Existen argumentaciones que se inclinan a explicar estas prácticas revistiéndolas de una superestructura simbólica para justificar la eliminación en función de procesos rituales destinados a satisfacer las necesidades o los deseos de entidades sobrenaturales generadas en el propio contexto cultural donde dichas prácticas tienen lugar. En este caso la explicación de una selección de víctimas para el sacrificio, adornadas por cualidades deseables parece más lógica, pues resulta impensable que una deidad pueda satisfacerse con el sacrificio de lo deforme o lo enfermo.

De la “expositio” a los “niños de la calle”
Si en la Antigüedad el abandono era una manera frecuente de deshacerse de la infancia no deseada que, en su conjunto, venía a significar una forma de eliminación más o menos velada a través de la institución de la “expositio”, en las sociedades urbanas actuales el fenómeno del abandono se manifiesta en toda su crudeza por la presencia de niños que sobreviven a su suerte en buena parte de las grandes ciudades. Según datos del Dossier informativo de INFOMUNDI, (Servicio de Información y Documentación sobre los niños de la calle en el Tercer Mundo), creado por la ONG MEDICUS MUNDI en 1996, más de 100 millones de niños en el mundo actual viven en la calle. Esta situación es más frecuente en los países en vías de desarrollo, pero afecta también a países como Estados Unidos.

El fenómeno de los niños de la calle es característico del crecimiento urbano, especialmente por la pobreza de gran parte de la población, motivada por las desigualdades en la distribución de la renta, pero también se debe, en ocasiones, a las condiciones de extremada violencia intrafamiliar que obliga a los menores a escapar, cuando no son directamente expulsados o abandonados En la calle mendigan, rebuscan en basureros o realizan todo tipo de servicios, como vender bolsas de plástico, bolígrafos o chicles, limpiar parabrisas o botas, pero también roban y, al caer la noche, merodean cerca de los hoteles para ofrecer sus favores sexuales a turistas a cambio de dinero. Lo que obtienen lo gastan rápidamente en comida, tabaco, drogas o en el juego. No podría ser de otra forma por el elevado riesgo de ser robados por sus propios compañeros o incluso por la policía.

Se calcula que en Brasil hay como mínimo unos 200.000 niños de la calle. Por supuesto esta cifra no toma en consideración los menores que sobreviven en situación de extremada pobreza Las condiciones de existencia de los “meninos de rua) son el hambre, la violencia, las drogas, la prostitución, las detenciones y muchas veces la muerte violenta a manos de escuadrones de la muerte. La ONG brasileña Movimento Nacional de Meninos e Meninas de Rua (Movimiento Nacional de Niños y Niñas de la Calle) denuncia regularmente la muerte de numerosos de estos niños, a veces atropellados por automóviles y a veces a manos de particulares o incluso de agentes de la propia policía militar.

Según un estudio realizado por UNICEF-México más de 13.000 menores viven y trabajan en la calle sólo en Ciudad de México. El citado estudio señala que la cantidad de menores creció y el fenómeno se generalizó en toda la ciudad.

En Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica miles de niños viven y trabajan en la calle. Se estima que sólo en la capital de Guatemala existen más de 5.000 niños de la calle, amenazados por la violencia de las fuerzas de seguridad. Y el fenómeno es similar en Colombia, Venezuela, y Ecuador

En Lima (Perú), sin contar los que viven habitualmente deambulando por las calles de la ciudad, un 40 por ciento de los niños que frecuentan colegios en zonas marginales de la ciudad, trabaja como vendedor en la calle.

Aunque el fenómeno tiene algunos rasgos diferenciales importantes, también se puede observar en ciudades con creciente desarrollo urbano, tanto en África, Ouagadougou, (Burkina Faso) y Accra (Ghana), como en Asia. Por ejemplo en Madrás (India) se estima que existen 45.000 niños de la calle, que se dedican, como es frecuente en el sur de Asia, a recoger basura, trabajo especialmente peligroso ya que expone a los críos a heridas, enfermedades cutáneas e intoxicaciones.

En Nepal existen más de 11.000 niños de la calle, en Vietnam unos 50.000 y en Camboya, un 20 por ciento de todos los mendigos son niños. En Filipinas existen unos 15.000 niños de la calle, aunque se estima que sólo en Manila suman más de 75.000. En China existen alrededor de 200.000 niños de la calle. Tailandia cuenta con 10.000 más, Esta cifra contrasta con los 100.000 menores dedicados a la prostitución en el mismo país. Esta actividad resulta particularmente peligrosa para el desarrollo de los menores y se ha desarrollado especialmente en algunas regiones por la demanda que supone el denominado “turismo sexual”

De acuerdo con los datos de un estudio elaborado por Naciones Unidas en 1991 en 10 ciudades (Alejandría, Bombay, El Cairo, Lusaka, Manila, México, Montreal, Río de Janeiro, Tegucigalpa y Toronto) los niños de la calle son a menudo víctimas de las "industrias del sexo", que los emplean en pornografía y prostitución. La OMS ha comprobado una incidencia creciente de VIH/sida entre los niños de la calle que son explotados sexualmente y ejercen la prostitución.

El sexo forzado es una realidad cotidiana para los niños de la calle en Kenia. Su indefensión frente a los mayores los expone a todo tipo de abusos. Tanto las niñas como los niños suelen sufrir agresiones sexuales contra las que prácticamente no pueden hacer nada. Para las niñas, entre seis y siete años, la violación en grupo puede ser incluso un rito obligado para ser aceptadas en una pandilla.

Como se ha señalado más arriba, en algunos países del sureste asiático, como Tailandia, la prostitución infantil abarca un sector mucho más grande de la población infantil. Hay diez veces más menores prostituidos que niños de la calle. Además de la violencia y el sexo forzoso, la iniciación en el consumo de drogas representa una forma de eliminación de población infantil en el mundo, esta vez inducida por el crimen organizado. La Organización Mundial de la Salud estima que una proporción importante de niños de la calle consume regularmente alcohol y otras drogas para contrarrestar su ansiedad, su dolor y evadirse de sus sufrimientos. Las sustancias más baratas y fáciles de obtener son el alcohol, el tabaco, el cannabis, el pegamento, los disolventes a base de tolueno y algunos fármacos. En los países andinos, los menores fuman cigarrillos con una mezcla de un derivado de la cocaína, denominado basuco, que resulta especialmente tóxico porque contiene los productos químicos utilizados para extraer la cocaína de la planta de coca.

La edad de consumo inicial es muy baja. Por ejemplo en México DF, se sitúa en torno a los 12 años, en Colombia y Bolivia, hacia los 8 años. El consumo de este tipo de drogas tiene serias consecuencias para los niños. La inhalación de cola industrial puede afectar a los pulmones, daños irreversibles en el cerebro y los riñones y un deterioro de la salud general. En Estados Unidos, donde el problema de los niños de la calle es también importante, el empleo del tolueno está controlado estrictamente, pero son precisamente dos empresas estadounidenses las que producen la cola vendida en Latinoamérica.


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Datos etnográficos y etnohistóricos sobre el infanticidio en sociedades tradicionales

G.M. García Campillo

La finalidad de esta sección es presentar una serie de casos comentados, los cuales puedan servir al resto de los investigadores del proyecto como material comparativo. Este material quizá resulte útil a la hora de intentar esclarecer algunos puntos oscuros de las propuestas construidas desde otros ámbitos metodológicos o histórico-culturales en torno al fenómeno del sacrificio infantil; y en torno al grado y la clase de relación que tal fenómeno puede tener con las estrategias productivas y reproductivas en las sociedades humanas.

Tales casos comentados han sido extraídos de fuentes etnográficas y etnohistóricas diversas. Estas fuentes presentan una fiabilidad variable, dependiendo de la época en que se realizó la observación y de la preparación intelectual del sujeto que la llevó a cabo. La selección de los casos se ha hecho de manera automática, en razón de la facilidad de acceso de la literatura especializada disponible. De esta forma, la muestra descansa especialmente en algunas sociedades tradicionales del siglo XIX en el África subsahariana, por un lado, así como en ciertas culturas de la América prehispánica y colonial, por otro.

1. Tipos de infanticidio.
Tradicionalmente, la Etnografía ha estado está dispuesta a admitir como perfectamente lógica la práctica del infanticidio en aquellas sociedades caracterizadas por economías basadas en la caza, el forrajeo, la recolección y el pillaje; son los grupos que la teoría evolucionista clásica categoriza como sociedades no estratificadas, de tipo “banda-tribu”. Las interpretaciones se complican cuando el fenómeno tiene lugar en el seno de grupos cuya organización socio-económica y política es aparentemente más compleja, las sociedades de tipo “jefatura” y las “estatales”.

En cualquier caso, es conveniente presentar aquí las diferentes causas que han sido percibidas por los antropólogos -no por los miembros de los grupos que realizan el infanticidio- a la hora de ilustrar la práctica del infanticidio, independientemente del tipo de sociedad que la lleve a cabo.

Así, tenemos infanticidios que aparentemente obedecen al intento de mantener un número de miembros que se ajuste a la estructura económica familiar o grupal, lo que -para simplificar- podemos denominar “presiones productivas”. Son los casos típicos que abundan especialmente en las sociedades igualitarias de “banda-tribu”, y que suelen alternar con la práctica del aborto. Se han señalado entre los cocama de la Amazonia peruana en el siglo XIX (“a fin de no tener que criar demasiados niños”, Oberem 1971:196); los tasmanios (“escasez de alimentos”, Murdock 1945:22-23); los aranda o arunda del centro de Australia (“si la madre está alimentando todavía a otro hijo, y no puede, por lo tanto, criar al recién nacido”, ibid.:42); los !kung del África Austral («It was recognized that a mother could not feed and travel with children who were less than three to five years apart, therefore if a baby was born too soon it was disposed of by the midwive -“thrown away” in the Naron phrase. Wide spacing of children was a condition of their survival», Wilson 1982:53); los camayurá y los omagua de la Amazonia (“cuando la madre estaba todavía amamantando al hijo anterior”, Meggers 1976:80, 189); o en fin, los arapesh de Nueva Guinea:

ARAPESH (costa norte central de Nueva Guinea; familia lingüística papúa; ca. 1920).-
[infanticidio femenino]

«Mientras el niño nace, el padre espera, a una distancia que le permita oír, hasta que se determina el sexo y la comadrona se lo dice a gritos. A esta información, él contesta lacónicamente: “lávalo”, o: “no lo laves”. Si la orden es “lávalo”, el niño será criado. En algunos casos, cuando es una niña y ya hay varias en la familia, se la deja morir en el recipiente de corteza donde tiene lugar el parto, sin cortarle el cordón umbilical y sin lavarla. Los arapesh prefieren los niños, porque se quedan con sus padres [hay regla de residencia patrilocal/virilocal], y constituirán la alegría y el consuelo de su vejez. Si, después de tener una o dos hijas, crían aún una tercera, creen desaparecida la posibilidad de que venga un niño, y para evitarlo, como no conocen los anticonceptivos, recurren al infanticidio. También cuando escasean los alimentos, si la familia es demasiado numerosa, o en el caso de que el padre haya muerto, se elimina al recién nacido, pues creen que tendrá una salud y un desarrollo precarios.» [Mead 1994:34].

Esta motivación para el infanticidio fue también referida por cronistas e informadores de la época anterior al desarrollo científico de la disciplina antropológica; por ejemplo, el jesuita español Miguel del Barco alude a las épocas de falta de alimentos para explicar el infanticidio y el aborto que ocasionalmente eran practicados por los cochimí de la Baja California:

COCHIMÍES (península de Baja California; familia lingüística cochimí-yumana; siglo XVII).-
[infanticidio y aborto por razones de subsistencia]

«El amor a los hijuelos no era tanto que impidiese matar algunas veces sus criaturas, cuando no les alcanzaba el sustento. Observó esto el venerable padre Salvatierra, y ordenó que siempre se diese ración doble a todas las recién paridas. Más frecuente era el procurar, las que estaban encintas, el aborto, matando al feto por medio de violentas opresiones del vientre; para lo cual solían valerse de otra mujer y, después de muerta la criatura, se seguía el aborto. Principalmente las primerizas era lo regular el que diesen este destino fatal a sus fetos; y la razón que daban era que estas criaturas salían débiles y desmedradas. Lo mismo hacían otras mujeres, por no cargarse de tantos hijos, en lo cual no hallaban especial inconveniente ni disonancia.» [Barco 1989:272].

La muerte de la madre -y, con ella, la imposibilidad de criar al recién nacido- se ofrece como explicación en los informes sobre algunos de estos y otros grupos, los cuales no siempre pertenecen a sociedades cazadoras-recolectoras: los tasmanios (Murdock 1945:22); los esquimales (ibid.:175); los iroqueses de Nueva York, en el siglo XVIII (ibid.:251); los huitoto del NW de la Amazonia (ibid.:365); los nama de Namibia (ibid.:388); los cayapó de la Amazonia (Meggers 1976:111); o los matakam del norte de Camerún:

MATAKAM (norte de Camerún; rama lingüística chadiana, familia afro-asiática; ca. 1950).-
[infanticidio por muerte de la madre]

«Si muere la madre, el apuro es grande, pues no hay nadie que pueda criar al pequeñuelo. Ni siquiera cuando el marido tiene dos o tres esposas podrá salvarse el niño, pues jamás una mujer amamantará un hijo que no sea suyo. Un día encontré en el hospital de Mokolo, bien envuelto en algodón, un niño de pecho que tendría apenas una semana y al que llamaban Dschegai, es decir, el abandonado en la selva. Era, como su nombre indicaba, un huérfano de madre que, demasiado pequeño para poder comer las habituales y pegajosas bolas de mijo, había sido abandonado por su padre, que no sabía cómo arreglárselas con él. Con frecuencia, huérfanos de madre, los matakam son vendidos a los fulbe o a los mandara, pueblos mahometanos del valle, escasos de niños, que los crían para esclavos. Y no estoy hablando del siglo pasado. Abajo, en la llanura, alrededor de los Montes Mandara, viven, como esclavos de los fulbe y los mandara, millares de kirdi [conjunto de pueblos al que pertenecen los matakam] animistas; cuando un jefecillo o un rico traficante recorre el país, siempre veréis que le sigue un esclavo, con la lanza al hombro.» [Gardi 1998:170].

Aquí, los casos de los iroqueses y los matakam son más difíciles de explicar apelando simplemente a la imposibilidad de que el niño pueda ser amamantado, ya que la estructura social y de parentesco entre los iroqueses bien puede propiciar la adopción del huérfano por parte de cualquiera de las mujeres adultas del matrilinaje; en el caso matakam (agricultores sedentarios) las condiciones en este sentido parecen ser más semejantes a las de los iroqueses que a las de los otros grupos señalados.
Precisamente, el tipo de estructura social y de parentesco, los mecanismos de matrimonio y la organización familiar preferencial, parecen ocasionar en ciertas sociedades la muerte del recién nacido, según sea de un sexo o de otro: los arapesh de Nueva Guinea (se deshacen sobre todo de las niñas, como ya se ha visto; los mundugumor, vecinos de los anteriores (eliminan preferentemente a los varones:

MUNDUGUMOR (costa norte central de Nueva Guinea; familia lingüística papúa; ca. 1920).-
[infanticidio masculino]

«Antes de que nazca el niño, se discute si debe vivir o no; la argumentación está basada en el sexo del niño, pues el padre prefiere conservar una niña y la madre un niño. La decisión se inclina en contra de la madre, sin embargo, pues tanto su padre como sus hermanos también prefieren una niña. Los niños en el grupo familiar dan lugar a disgustos, si no hay suficientes mujeres para intercambiar por esposas para ellos; y aun si tienen un número suficiente de hermanas, los niños agresivos están capacitados para llevarse mujeres adicionales, por quienes habrá que pelear. La oportunidad de sobrevivir que tiene un niño mundugumor aumenta con la cantidad de nacimientos: el primer niño posee las menores probabilidades. Tanto el padre como la madre están menos trastornados por el advenimiento de los otros hijos, y al mismo tiempo, cuando ha nacido un niño, es completamente necesario que tenga una hermana para intercambiar por una esposa. Este sentimiento de que la existencia social misma de un individuo depende de tener una hermana, fue vivamente ilustrado cuando una mujer mundugumor se ofreció para adoptar a uno de nuestros muchachos arapesh. La seriedad de la oferta consistió en prometer al muchacho -naturalmente, con el consentimiento del esposo- una de sus hijas como hermana, asegurándole así una buena posición en la sociedad mundugumor. Una niña, sin embargo, tiene mayores probabilidades de sobrevivir que un niño; ella está en ventaja con respecto a su padre, a sus hermanos, y también a todo el grupo sanguíneo de ambos lados, quien, si la niña no es requerida por su casa, puede emplearla en compensación por una de las esposas de su primo.
También existe la idea que una vez que se decide conservar a un hijo, éste puede tener asimismo hermanos. Si un niño sobrevive el tiempo suficiente como para ser bañado, en vez de ser envuelto con las hojas de palma sobre las que tiene lugar el alumbramiento y arrojado al río, no será muerto después, aunque puede ser tratado despiadadamente y verse expuesto a peligros de los que se hallan exentos los niños aun entre los pueblos más primitivos. También si un hombre abandona a su esposa durante el embarazo, existen más probabilidades de que sobreviva el niño, pues el padre no estará para ordenar la muerte del hijo. En una familia poligínica, más aun, cada esposa rival insiste en tener un hijo, y el esposo es envuelto en una red de causas y efectos, de la cual raras veces puede desligarse completamente.
Así, mientras los motivos que predominan sobre marido y mujer durante la primera preñez en un matrimonio de elección, son contrarios a la conservación del niño, no son éstas las únicas consideraciones que deciden el que se conserve o mate al recién nacido. Estas actitudes dan, en verdad, el tono del sentimiento mundugumor hacia el nacimiento, pero no tienen el poder suficiente como para impedir que la sociedad mundugumor cumpla la función reproductora.» [Mead 1994:164-165].

También los guaná de Paraguay eliminan a las niñas:

GUANÁ (Paraguay; familia lingüística mascoyana; s. XVIII).-
[infanticidio femenino]

«El mismo escritor [Azara, cf. Texto 7] dice también que las mujeres de los Guanas destruyen a la mayor parte de sus hijas. Cuando están a punto de dar a luz, se dirigen a algún lugar alejado, en el campo, y cuando paren, hacen un agujero y entierran viva a la recién nacida, después de lo cual regresan tranquilamente a casa. Por supuesto, la excusa que esgrimen las mujeres de los Mbayas cuando dicen que el embarazo las desfigura estropeando su silueta, haciéndolas menos aceptables a sus maridos [cf. Texto 7], no es válida aquí, puesto que las madres de los Guanas esperan hasta que su figura está estropeada antes de pensar en destruir a su prole. Con frecuencia, cuando estas mujeres están encintas, los españoles les han ofrecido dinero, baratijas y otras cosas, para inducirlas a que les den a sus hijos, o por lo menos a dejarlos con vida, pero sin éxito: nunca escuchan la propuesta, sino que, por el contrario, toman las medidas necesarias para llevar a cabo su propósito tan secretamente como sea posible, y sin interrupción. De esta manera, se deshacen de casi la mitad de sus hijos, asegurándose de conservar más machos que hembras, con el fin, según dicen, de que estos últimos estén más solicitados y sean más felices.» [Vidal 1998:72-73].

Probablemente, hay que incluir aquí también a los toda del sur de la India (eliminan preferentemente a las niñas, Murdock 1945:103); entre los waiwai del norte de la Amazonia se practica el infanticidio si los cuatro niños anteriores son del mismo sexo que el recién nacido (Meggers 1976:138).
La eugenesia aparece también como explicación de algunos infanticidios entre los huitoto del NW de la Amazonia (Murdock 1945:365), los nama de Namibia (ibid.:388), los dahomé de Benín (ibid.:457), los camayurá de la Amazonia (Meggers 1976:80), los shuar de Ecuador (ibid:96) y los matakam de Camerún:

MATAKAM (norte de Camerún; rama lingüística chadiana, familia afro-asiática; ca. 1950).-
[muerte/infanticidio de criatura anormal]

«Parece natural que se atribuyan causas mágicas a los nacimientos monstruosos. Hay en juego algún hechizo maligno, un kule que hay que eliminar. Si una criatura deforme no es viable, el herrero la lleva al monte, busca una caverna o un hueco en la roca y pone un gran puchero invertido sobre el monstruoso cadáver, sacrificando luego una oveja que ha traído al efecto. El pobre animal es degollado sobre el cuerpo muerto, de manera que toda la sangre caiga sobre la olla. Lo mismo se hace con un pollo; se ofrece únicamente la sangre; la carne queda para el herrero, en pago de su asistencia y su trabajo.
El brujo guarda cuidadosamente la quijada inferior de la oveja y las plumas del pollo; al cabo de unos días va a buscarlas, se presenta con ellas en la casa del padre y, cogiendo paja del tejado, lo envuelve todo en ella y ata el conjunto con hierbas, haciendo un lío de forma alargada.
Vuelve con la ensangrentada olla y dirigiéndose al kule, el espíritu que habita en el monstruo, lo conjura:
“¡Sal del niño y pasa a este lío, abandona al niño y entra en este lío!”.
El espíritu, obediente, pues sabe muy bien lo que debe al brujo, así lo hace, pasándose a la quijada y las plumas, y el padre, que estuvo presente en la ceremonia, carga con el fetiche y lo esconde en su casa.
En adelante será el bobakule, el padre del espíritu y poseedor de un hechizo.» [Gardi 1998:177].

Entre los tunebo de Colombia, los niños “deformes y lisiados” forman parte del grupo de miembros que en dicha sociedad son estrangulados o abandonados, junto con los enfermos sin esperanza y los ancianos sin familia (Chaves Mendoza 1990:167). Por último, Krickeberg (1946:244) “explica” que entre los araucanos «el afán de este pueblo guerrero de tener descendientes vigorosos, hace comprensible la costumbre de matar a los niños delicados o contrahechos». Por el contrario, Meggers (1976:123) señala que entre los sirionó de la Amazonia “no se practica el infanticidio aunque el niño nazca con un pie contrahecho, lo que ocurre con frecuencia; aunque se prefiere a los varones, tanto niñas como niños deformes son tratados con afecto”.

Naturalmente, el concepto de “anormalidad” en un ser humano recién llegado al mundo está sujeto a interpretaciones sumamente variadas, dependiendo de la sociedad en que nos encontremos; en los siete casos que acabamos de señalar, debe asumirse que los bebés clasificados como anormales lo serían también según nuestros propios parámetros bio-culturales. Sin embargo, existen en este asunto lógicas diferencias transculturales. Entre los cuna de Panamá el albinismo se considera una característica negativa y los nacidos albinos son -o eran- frecuentemente muertos:

CUNA (Panamá; familia lingüística chibcha; 1ª mitad s. XX).-
[problema de los albinos; sus causas y la eliminación de recién nacidos albinos]

«The San Blas Indians [=cuna] are perhaps best known for the extraordinary frequency of albinism among them. This has caused them to be “rediscovered” more than once and sensationally treated as a mysterious race of “blond natives”. There has been little excuse for this treatment because as long ago as 1680 Lionel Wafer, a surgeon who passed four months among them, accurately identified the so-called blond ones as simply albinos. He estimated one albino to every two hundred or three hundred normal Indians; and in 1956, Clyde E. Keeler, a geneticist, computed the frequency to be from 0.75 to 1.00 percent, which does give them the record among primitive peoples.
Albinism presents a serious problem for these people. The albinos cannot stay out in the tropical sunlight and are not able to work as hard as the normal Indians. No family wants to have an albino, and pregnant women consult the medicine man and drink magically prepared balsa charcoal water two months before delivery. The Indians believe that gazing at the moon too long during pregnancy has something to do with albinism, and they therefore call albinos “moon children”. The tragedy of being born an albino is increased by the difficulty of finding a mate. Parents are reluctant to have a son or daughter marry one, and there is a general aversion to two of them marrying.
The eyes of the albinos are sensitive to light and are often swollen. The iris is predominantly a rich blue, but there is some variation. The straight blond hair on their bodies sometimes reaches a length of one inch on forearms and lower legs. In the hot tropical sunlight they lack endurance, and they constantly have colds.They move slowly. They are described as being characteristically stubborn and hot-tempered, and they rarely smile. Their intelligence is said to be as high as that of the normal Indians, but observers from Wafer’s time on have reported that they have a shorter life expectancy. Formerly many were quietly killed by the mother at birth, and some may still be done away with (...)
Some compensations lighten the lot of the albino. He is believed to posses special spiritual powers, to be closer to God and freer of sin, and to have a better place awaiting him in heaven. Apparently the albinos come into their own once the sun has gone down (...) During an eclipse, they are believed to be able, by means of a small bow and arrow, to scare off the demon that is thought to be devouring the sun or moon..
Close inbreeding is not known to cause albinism, but once the mutation has appeared, there is no doubt that inbreeding fosters it. It is perhaps pertinent, therefore, to note that in earlier times incest seems to have been condoned or even required. According to Wafer, the father of the bride (or if he were not virile, her next nearest of male kin) was permitted to keep her privately in his quarters for seven nights prior to her marriage. Another reason for the continuing appearance of so many albinos among the San Blas may be their strong taboo against marriages outside the tribe.» [Weyer 1958:76].

Una connotación semejante sufren, o sufrían, los albinos en la sociedad tsonga de Mozambique, si bien parece que la eliminación de estas personas ya no tenía lugar en el momento en que se recabó la información:

TSONGA (sur de Mozambique; rama lingüística benue-congo (bantú), familia níger-kordofaniana; 2ª mitad s. XIX).
[tratamiento a los albinos]

«El albinismo no es frecuente entre los indígenas del África austral pero se dan algunos casos. Los albinos son llamados, en tsonga, khalandlati, literalmente “carbón-relámpago”. Creen que fueron quemados (hisa) por un rayo cuando estaban en el seno materno antes de nacer. “Son seres incompletos, no están todavía maduros, fueron aborrecidos por el Cielo”, tales son los términos en los que los describen. Al mismo tiempo, no son considerados tabú (yila), y apenas inspiran repugnancia. En cuanto a las mujeres que sufren la pequeña desgracia de ser albinas, las demás mujeres no se untan con el mismo ocre que éstas, para no dar a luz hijos albinos. No beben en el mismo vaso. Los hombres no se casan con ellas, y debido a ello, son clasificadas como las leprosas y las echadoras de suertes, consideradas como repugnantes.» [Junod 1996(Tomo II):374].

Un tercer ejemplo es la poca estima de la que, en la primera mitad del siglo XX, gozaban los bizcos en las comunidades afrocubanas procedentes de Angola y Congo, una simple herencia del fatal destino que acompañaba al bebé bizco en tiempos de los antepasados africanos:

«...A propósito de los bizcos dice Teófila [una informante]: “No son buenos: mi madre nos contaba que en Kongo de Ntotila era una desgracia muy grande ser bizco. A ella le dijeron sus mayores que los recién nacidos que tenían los ojos torcidos venían con espíritu malo, y que allí los mataban para que no hicieran daño”.» [Cabrera 1992:169].

Hay, por último, una serie de causas que motivan el infanticidio que son difíciles de clasificar en los anteriores apartados, y que agrupamos aquí como miscelánea. Según Murdock (1945:43), entre los aranda, «alguna que otra vez se mata a un niño de unos cuantos años de edad y su cuerpo se da a comer a otro mayor pero enfermizo, no como alimento, sino para comunicarle su vigor al otro»; hasta donde conocemos, este es un caso insólito, y no sabemos hasta qué punto habría que considerarlo un sacrificio infantil mejor que una práctica de infanticidio. Los huitoto (Murdock 1945:365) se deshacen de los hijos considerados ilegítimos (cuyo padre no es -o no parece ser- el esposo de la madre), al igual que los camayurá de la Amazonia, quienes eliminan a la descendencia de una mujer soltera (Meggers 1976:80). Entre los shuar de Ecuador, los hijos varones fruto de uniones exogámicas tienen también poco futuro: «Marriages outside the peace-group are frowned upon, and if a woman becomes pregnant by a man of a hostile group, she is compelled to kill the child at birth if it is a boy» (Weyer 1958:106).

Resumiendo, podemos dividir los casos de infanticidio según las motivaciones que aparentemente provocan el fenómeno en cinco tipos:

1) motivado por presiones productivas,
2) por la muerte de la madre,
3) por la estructura socio-familiar preferente,
4) por motivos eugenésicos,
5) por causas (justificaciones) diversas.

Desde luego, esta clasificación no tiene valor en sí misma, y no nos sirve más que para evidenciar la diversidad de factores que puede caracterizar el fenómeno del infanticidio. Al mismo tiempo, las categorías 1 y 3 pueden solaparse fácilmente: entre los yanomamö de Venezuela, según Chagnon (1977:74), los niños nacidos antes del destete del anterior son muertos, pero existe una acusada tendencia a “perdonar” con más frecuencia a los varones que a las hembras, en razón de las características de la organización y funcionamiento sociales de este grupo, donde la primacía masculina es absoluta y notoria. En esta misma situación doble cabe incluir el caso arapesh.

Es interesante asimismo poner de manifiesto, con varios ejemplos disponibles, las justificaciones o camuflajes que son pergeñados por los propios sujetos que llevan a cabo el infanticidio, es decir, la motivación emic. La explicación aducida para abortar -o, en su caso, eliminar al recién nacido- por las madres mby’a de Paraguay en el siglo XVIII:

MBY’A (Paraguay; familia lingüística tupi-guaraní; s. XVIII).-
[justificación emic del infanticidio]

«Azara [fuente no especificada] nos dice que las mujeres de los Mbayas, una de estas naciones de Paraguay, han adoptado la bárbara costumbre de no criar más de un solo hijo. Suelen tratar de conservar aquél que, por su edad y otras circunstancias, consideran probable que sea el último. Si se equivocan en sus cálculos, y vuelven a concebir otro hijo, matan al último, quedándose a veces sin hijo alguno cuando esperaban tener otro. Estaba yo un día en compañía de varias de estas mujeres y sus maridos, y reprochaba e estos últimos duramente por someter a sus mujeres a la prueba de sacrificar a sus propios vástagos, exterminando así a su nación, ya que debían saber que de esta manera cada pareja no tenía más que un hijo. Me respondieron con una sonrisa que los hombres no tenían derecho a interferir en los asuntos de las mujeres. Entonces, me dirigí a las mujeres en los términos más contundentes, y después de mi sermón, al cual prestaron muy poca atención, una de ellas me dijo: “Cuando tenemos hijos todo el tiempo, esto nos desfigura y nos hace parecer viejas, y a ustedes los hombres no les gustamos más por ello. A esto se suma lo fastidioso que resulta criar hijos, y llevarlos de allá para acá en nuestras largas excursiones, durante las cuales carecemos a menudo de lo necesario, dado lo cual hemos decidido deshacernos de ellos tan pronto como descubrimos que estamos encintas”.» [Vidal 1998:72].

roza el sarcasmo, llevando la coquetería hasta sus últimas consecuencias, aunque es posible que, en realidad, se estuvieran riendo del estudioso. Una línea de acción completamente distinta es la emprendida por los cuna de Panamá:

CUNA (Panamá; familia lingüística chibcha; 1ª mitad s. XX).-
[infanticidio ¿encubierto?]

«The San Blas [=cuna] are morbidly afraid of illness. One out of every three women is said to die in childbirth, so they naturally fear this event. However, the peculiar manner in which delivery is managed makes one wonder whether the offspring are not in greater danger than the parent. The expectant mother, screened off from all except the midwives, lies in a hammock in which a hole has been made, and when the baby comes, it drops through the hole into a canoe filled with sea water. Nor are the baby’s troubles over after this rough introduction to life. If it develops a fever, it is drenched with cold water or exposed to cold winds on the theory that children die because “they get too hot”. It is hardly surprising that many are lost at an early age.» [Weyer 1958:80].

quienes practican desastrosos procedimientos terapéuticos que frecuentemente terminan con la muerte del bebé ya nacido. Los argumentos que daban los quijo de Ecuador en el siglo XVI sobre el infanticidio:

QUIJO (Ecuador; actualmente, familia lingüística quechua; anteriormente quizá familia barbacoana; s. XVI).-[justificación de infanticidio]

«Sabemos de infanticidio practicado en el siglo XVI, pero es poco probable que las explicaciones que le daban, hayan sido las verdaderas. De los Quijos de Ávila, Ortegón informa [ca. 1577] que cuando una mujer había dado a luz, entonces a los recién nacidos, aún con vida, los solían colocar en grandes recipientes y enterrarlos en el suelo. Según Ortegón, los indios preguntados por qué hacían esto contestaban que querían extinguirse y no ver a ningún cristiano en su tierra. Sin embargo, sabemos que en la época precolombina el infanticidio era una costumbre muy difundida a pesar de que Rodríguez Docampo y Lobato de Sosa dicen que estrangulaban a los recién nacidos para que éstos no tuvieran que pagar tributo.» [Oberem 1971:196].

se diluyen en el proceso de resistencia a la presión ideológica, política y tributaria de los nuevos amos españoles. Las razones que, en fin, proporcionaban los kandh de la India a los administradores británicos acerca de su costumbre de acabar con las niñas podrían no ser del todo falsas, si bien parece que el infanticidio aquí obedecía a motivaciones derivadas de la estructura social preferente:

KANDH / KHOND (India oriental y meridional; familia lingüística dravídica; s. XIX).-
[justificación de infanticidio femenino]

«One reason for infanticide in modern India is associated with the practice of exogamy. Raids took place for the purpose of obtaining wives and these were invariably the cause of much bloodshed. In 1842 members of the Kandhs tribe told Major Macpherson “that it was better to destroy girls in their infancy than to allow them to grow up and become causes of strife afterwards.» [Mackenzie 1993:60].